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El like

La red social Twitter, otrora congratulada por sus aportaciones a la producción y difusión de discursos (la principal catalizadora del microblogging, aunque ya a nadie le importe esa palabra), está diseñando una reestructuración de su plataforma en aras de elevar la calidad de las conversaciones que alberga.

Este interés por “mejorar” la conversación se desprende de la crisis de credibilidad de las compañías de Silicon Valley tras la más reciente elección presidencial de Estados Unidos y la visibilización de que las redes sociales y el Internet han servido no sólo para difundir contenidos y cuentas extremistas, sino hasta para radicalizar.

El diario británico The Telegraph publicó a principios de esta semana que el fundador y CEO de la compañía tecnológica, Jack Dorsey, dijo que no era fan de la función de dar “me gusta” o corazón a los tuits de otros usuarios, por lo que estaba pensando en removerla pronto. En lo que se convirtió en una crisis de imagen pública, los portavoces de Twitter fueron después a tuitear (¿qué más iban a hacer?) explicando que se trataba de una declaración sacada de contexto y que era solamente una idea sobre la que aún no se había tomado una determinación.

Se sabe que otros de los cambios que están siendo estudiados por Twitter se refieren a colocar indicadores de quién está en línea y un rediseño con colores de los famosos “hilos” o series de tuits.

Parecería que una función tan aparentemente benigna como dar like es una simple característica de interactividad en las redes sociales. Sabemos también que ésta tiene un impacto en el algoritmo de estos servicios y de cierta manera sirve para hacer visibles algunos contenidos, es decir, los likes suben las publicaciones a la superficie del Internet.

Algunas investigaciones sugieren que los likes generan adicción por el efecto de validación para quien los recibe. Esto tiene implicaciones en la salud personal de los usuarios al igual que un efecto colectivo: se forman las temidas burbujas de filtro y de autocomplacencia que nos aíslan de las ideas con las que no estamos de acuerdo para exponernos solamente a aquello que validamos.

Por eso las redes sociales favorecen el ascenso de contenidos, políticos y grupos extremistas: construyen una imagen exagerada de la crisis y exacerban la ira social. A ello hay que sumarle la incomunicación: muchos matices se pierden en una discusión textual por Internet en comparación con la conversación en persona.

Una decisión que podría parecer tan banal como quitar el botón de “me gusta” del Twitter tiene consecuencias en la democracia de los países. Recordemos que estas plataformas son los nuevos guardabarreras de la opinión pública.

brenda.ramosv@gmail.com

JJ/I