El debate presidencial que se antoja

Por una escala en mi viaje de regreso a México he parado en Chile en los días previos a la realización de la segunda vuelta para elegir entre Sebastián Piñeira y Alejandro Guillier a quien será su próximo presidente. Son tiempos de cierre de campaña y lo primero que me sorprende es la ausencia casi absoluta de publicidad electoral. Las calles de Santiago lucen su imagen cotidiana, sin la contaminación visual de los repugnantes espectaculares. Tampoco se observan pendones y el espacio público está limpio de siglas partidarias.

El acto de campaña que los diarios reportan es la celebración del último debate a celebrarse el pasado domingo, que nada tiene que ver con los ejercicios acartonados a los que estamos acostumbrados en México.

De entrada el debate organizado por la Asociación Nacional de Televisión (Anatel) que fue difundido por los canales de televisión nacional tuvo una duración de una hora y 45 minutos. Es decir, que cada candidato pudo disponer de 50 minutos para exponer sus planteamientos, de los cuales 6 estuvieron destinados para el intercambio directo entre los candidatos, que resultaron ser los más tensos y ríspidos del evento. Muy lejos de los 30 minutos que los debates mexicanos dedican a los participantes y sin la posibilidad de la confrontación directa.

Pero además el formato establece la intervención de periodistas que formulan preguntas sobre los temas previamente acordados. En el debate del domingo intervinieron cuatro periodistas y los temas fueron: campaña electoral, seguridad, educación, agenda valórica, pensiones, economía, salud y migración. A diferencia de los debates en México donde la participación del periodista se limita a moderar el encuentro, es decir, a vigilar los tiempos y conceder el turno de la palabra. En Chile los periodistas se convierten en los protagonistas. Sus cuestionamientos para nada son comedidos sino que son particularmente incisivos y no permiten a los candidatos salirse por la tangente. Enfocan sus preguntas hacia los aspectos más débiles y polémicos de los programas esgrimidos por los contendientes. El resultado es un ejercicio sumamente interesante y cuya beneficiaria final es la audiencia televidente, que obtiene más elementos para sustentar su voto.

Otro aspecto que marca la diferencia entre los debates es la cobertura informativa que los medios les otorgan. Mientras que en México los grandes medios destacan el vestido de la edecán o las pifias de los participantes, en Chile los medios se convierten en resonadores de los momentos más álgidos y los temas de mayor controversia. No hay proclamación de vencedores. En un ejercicio de esta naturaleza la única ganadora es la opinión pública.

Esto viene a colación porque en días recientes, en el marco del Foro Internacional Debates Presidenciales: el reto hacia 2018, organizado por el Instituto Nacional Electoral (INE), Lorenzo Córdova, su consejero presidente, se pronunciaba por una modificación radical del formato rígido de los debates. Sin embargo, la contundencia de la declaración no estuvo acompañada de propuestas concretas y viables. Por el contrario, el consejero presidencial recurrió nuevamente a una serie de lugares comunes, como garantizar la exposición de ideas, cuidar la equidad, etcétera, etcétera, pero nada concreto sobre la modificación del formato, específicamente sobre las formas de participación de los candidatos y tampoco sobre las características técnicas de su cobertura mediática. Tampoco sobre la necesidad de un debate, por lo menos, entre los dos punteros.

No necesitan gastar millones en organizar foros, a los que son tan proclives a convocar como a ignorar las recomendaciones que resultan. Bastaría que revisaran el debate del domingo pasado, que ya se encuentra en YouTube.

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JJ/I