Kumamoto: le ganó la soberbia

No hay duda de que Pedro Kumamoto Aguilar ha puesto nerviosos a sus contendientes por un escaño en la Cámara de Senadores por estar arriba en las encuestas. De hecho, en mis diarios recorridos por diversas zonas he visto más vehículos con la calcomanía del candidato independiente que de Enrique Alfaro, cuya popularidad no se puede negar.

Y he de reconocer que si bien parece ser una voz en el desierto –como lo han sido muchas de quienes hemos exigido a los partidos y candidatos lo que hoy él recrimina–, no está por demás que insista en que esta campaña debe ser una guerra de ideas, de propuestas, de contrastes, no de descalificación agresiva, de mentiras, de difamaciones y demás calificativos que no hacen de ésta una sana competencia.

En su video y en el comunicado de prensa, Kumamoto dice: “Las fuerzas políticas de nuestro estado somos distintas porque en una democracia, y más en época electoral, es sano y necesario que se pongan sobre la mesa las diversas visiones del país y, sobre todo, las maneras diferentes de lograr esos objetivos trazados”. Y añade:

“Pero es verdaderamente inadmisible, triste y desesperanzador que, en vez de llenar la conversación pública de buenas ideas, los partidos políticos la están llenando de señalamientos mentirosos, golpeteos ruines y violencia verbal”.

Lo anterior se ha dicho y exigido hasta la saciedad por propios y extraños, pero en cada campaña los candidatos y sus seguidores hacen oídos sordos y se enganchan hasta generar un ambiente enrarecido, de polarización, como en el que hoy nos encontramos.

Pero advierto en el discurso de Kumamoto un gesto de soberbia –tan reprobable y peligrosa si se desborda–, algo así como creerse el “centro del universo”, que se contrapone a la imagen de sencillez que pretende proyectar, pues asegura que partidos, candidatos y políticos tradicionales, locales y “a nivel nacional” están “muy enojados con nosotros (…) porque nuestras convicciones no tienen precio, porque nuestra fuerza política no se vende (…); no se les quita el enojo, porque les hemos dicho una y otra vez que con ellos sólo vamos a construir acuerdos en beneficio de quienes buscamos representar y nunca en beneficio de sus compadres”.

Y para comprobar que lo que dice es cierto, recurre a escenas… ¡de hace tres años! ¡Vaya que sus detractores son rencorosos y sí que les dura el enojo… por años! Pero, sin embargo, dichos ejemplos del enojo son endebles y cuestionables.

Por ejemplo, asegura que los partidos están enojados porque en 2015 no aceptó que “sus operadores de acarreo” le ayudaran a conseguir firmas. ¿O sea que los partidos querían hacerse el harakiri?; porque “el 5 de noviembre de 2015” –tiene la fecha muy bien registrada– “me cruce con Salinas de Gortari” y “no le regalé más de tres minutos de mi tiempo y una fotografía, para que no tuviera ni la más mínima oportunidad de chantajearnos”. ¿De veras el ex presidente estaba preocupado e interesado en “chantajear” a un joven diputado sin partido que tenía apenas cinco días de llegar al Congreso del Estado? ¿Realmente Kumamoto le ha quitado el sueño durante tres años a quien López Obrador señala ser el jefe de la “mafia del poder”?

Asegura que hay enojo porque no le aceptó a Raúl Padilla –¡en 2015!– la invitación que le hizo a cenar a su casa o porque no aceptó asistir a una reunión con el gobernador Aristóteles Sandoval a Casa Jalisco; y porque el año pasado no aceptó que algunos de sus wikis fueran candidatos plurinominales de algunos partidos políticos.

La verdad, creo que hay enojo porque Pedro Kumamoto no sabe bien cuáles son las tareas de un senador –cree que son las de un diputado, como lo ha declarado– o del Senado, y aun así aparece arriba en las encuestas por encima de quienes sí entienden la política.

ES TODO, nos leeremos ENTRE SEMANA.

JJ/I