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El petróleo es como el cine

Cuando López Obrador anunció con bombo y platillo la idea de construir una refinería en Dos Bocas, Tabasco, sus detractores no tardaron en descalificar el proyecto. Lo consideraron una cosa del pasado, ajeno a los signos de los tiempos que marcan la transición al uso de energías renovables y más amigables con el medio ambiente.

Los ecologistas lamentaron la poca disposición del entonces presidente para impulsar una nueva cultura en materia de generación de energía. A ellos se sumaron personajes de la oposición que, sin mayor conocimiento de causa, aprovecharon la oportunidad para intentar –sin éxito– llevar agua a su molino.

Es indudable que un día en el futuro la especie humana dejará de usar el petróleo como materia prima para resolver sus necesidades, por el simple hecho de que se trata de un recurso finito, allende la dimensión ecológica del tema. Sin embargo, los grandes tomadores de decisiones a nivel mundial saben que ese día está aún lejano. Faltan varias décadas para que llegue, y eventualmente podría demorarse tanto como lo que le resta al siglo 21. Prenda de ello ha sido la oprobiosa intervención de Estados Unidos en Venezuela. El petróleo es tan importante para su proyecto de nación que no tuvo empacho en proceder como un vulgar ladrón para apoderarse del control político del país sudamericano… y de sus copiosos yacimientos petroleros. Trump y sus secuaces se han encargado de confirmar que de eso se trata su plan, y que les tiene sin cuidado el derecho internacional.

Durante las próximas décadas se generalizarán fuentes de energía distintas al petróleo. Algunas de ellas las estamos usando ya, y poco a poco serán más accesibles para una mayor cantidad de personas. Ello no implicará la desaparición del petróleo, el cual coexistirá con las nuevas alternativas. Incluso se seguirá utilizando petróleo para fabricar los dispositivos que empleen las otras fuentes de energía.

Este hecho hace recordar lo que la gente vaticinaba a mediados del siglo pasado ante la aparición y la democratización de la televisión como medio de comunicación. Conforme las clases medias accedían a ella los pseudoespecialistas pregonaban la extinción del cine como industria cultural. No hace falta decir que el cine no solo goza de cabal salud hasta nuestros días, sino que incluso encontró la manera de hacer sinergias con la televisión en clave de mutuo beneficio. Es igualmente factible que el petróleo perdure por mucho tiempo, paradójicamente porque será el complemento perfecto para la elaboración de productos que funcionen a base de energías renovables.

Lo anterior es muy claro como leitmotiv de la política exterior estadounidense, pero también del proyecto de nación que pregona la cuarta transformación. Podremos juzgar al grupo gobernante por apostar por energías que no son nuevas ni ecológicas. Durante varios años nos podrán refutar que esa apuesta generará dividendos al Estado mexicano, claro, si se administra sin corrupción. Por esa razón, simpaticemos o no con la 4T, a todos nos conviene que Dos Bocas, y el resto de las refinerías mexicanas, operen con eficiencia.

Estamos lejos de ello todavía. Y sí, la industria petrolera mexicana debe desde ya coexistir con el paulatino posicionamiento de otras fuentes de energía. La tan anhelada autosuficiencia energética no podrá depender de una sola de ellas. El tema demanda más ecuanimidad de parte de todos los actores políticos.

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jl/I 

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