Hace algunas semanas, al entrar en un teatro para asistir a un concierto de niños, uno de los vigilantes me pidió que le mostrara el contenido de mi mochila. De mala gana la puse sobre la mesa y me exigió que la abriera. ¿Dónde está señalado que está prohibido entrar con mochilas y mostrar su contenido? “Es por seguridad”, me respondió. En otro momento, al ir a la presentación de un libro en un edificio público, un guardia me impidió circular por un área, sin que hubiera algo que advirtiera que era zona prohibida. ¿Cualquier agente puede restringir tu movilidad o exigirte que demuestres que eres inocente en nombre de “la seguridad”? Cuando acudí al concierto, estaba seguro de no llevar pistolas, cuchillos o bombas ni era mi intención hacer daño a los niños; y antes de la presentación del libro, solo quería deambular mientras comenzaba el evento. ¿Las medidas de seguridad hacen que estemos más a salvo o solo nos exponen a formas de violencia más sofisticadas? En ambos casos tuve que someterme a la arbitrariedad del encargado en turno.
La confianza fortalece el tejido social mientras que la arbitrariedad obstaculiza el entendimiento con otros. Garantizar seguridad es una obligación de los estados. Sin embargo, es utilizada para imponer control y crear sujetos obedientes a través de un discurso y unas prácticas que giran sobre la “presunción de culpabilidad”: todos somos sospechosos hasta que no se demuestre lo contrario. La seguridad manipula una de las emociones más primitivas del ser humano: el miedo. Más aún, vender seguridad (armas, alarmas, cámaras, escáners…) es uno de los negocios más lucrativos. Es la cara moderna del armamentismo.
Nuestra seguridad depende de un negocio que se basa en sospechar, vigilar y controlar, mientras el controlador permanece anónimo. La vigilancia produce información (datos personales, estadísticas, geolocalización…) que refuerza el poder de quien vigila. Colateralmente, para “mejorar la seguridad”, un sinnúmero de conductas es tipificado como delito, la violencia institucionalizada se utiliza de manera discrecional o se violan derechos humanos sin ningún recato.
Seguridad no es sinónimo de paz. En todo caso se trata de “paz negativa”, enfocada en erradicar las violencias, utilizando métodos e instrumentos para “pacificar” en coherencia con la vieja consigna: si quieres paz, prepárate para la guerra. “Seguridad” proviene del latín ‘securitas’, derivada de ‘securus’ que significa “sin cuidado”, “libre de preocupaciones”, “despreocupado”. ¿Con las instituciones de seguridad que tenemos (locales, estatales, nacionales o internacionales) podemos vivir despreocupados sabiendo que el Estado garantiza plenamente nuestros derechos? “Securitización” es el conjunto de prácticas por el cual un asunto de interés social pasa, de ser gestionado por la política, a convertirse exclusivamente en un tema de seguridad (nacional, pública, privada…).
Más que seguridad, necesitamos políticas de cuidados para salvaguardar la vida, conservar la casa común, consolidar los vínculos en los que se fundamentan las sociedades. La ética del cuidado enfatiza las responsabilidades que se dan en las relaciones, atiende sujetos reales, en circunstancias concretas y con necesidades específicas, promueve una moralidad de cercanía, conexión y reconocimiento mutuo.
NH/I









