Las adolescentes que participan en movimientos sociales y feministas enfrentan obstáculos derivados de prejuicios relacionados con su edad, los cuales limitan el reconocimiento de sus capacidades para organizarse, expresar posicionamientos políticos e incidir en asuntos públicos, advierte el texto ‘Activismo de adolescentes feministas’, elaborado por Martha Yah y Darwin Franco.
El análisis sostiene que persiste la idea de que las y los adolescentes son personas en formación cuya participación debe limitarse a prepararse para la vida adulta, visión que reduce la importancia de sus experiencias y opiniones en el presente. Como consecuencia sus acciones suelen ser minimizadas o descalificadas.
De acuerdo con los autores, uno de los principales obstáculos que enfrentan las adolescentes activistas es la percepción de que no cuentan con ideas propias.
Cuando participan en causas sociales o en movimientos feministas, frecuentemente se les atribuye una supuesta influencia de personas adultas, se considera que siguen tendencias pasajeras o se cuestiona la autenticidad de sus motivaciones. Estas interpretaciones, advierte el texto, invisibilizan el trabajo organizativo que muchas jóvenes realizan en sus comunidades, escuelas y espacios digitales.
La investigación identifica que estas prácticas responden a una estructura social que privilegia la voz y las decisiones de las personas adultas sobre las de niñas, niños y adolescentes, denominada adultocentrismo.
En este contexto se destaca el crecimiento de la participación de adolescentes dentro de los movimientos feministas. Las jóvenes se han incorporado a estas luchas para denunciar violencias que experimentan en la escuela, el hogar, las relaciones afectivas y los espacios públicos, además de impulsar acciones de acompañamiento, información y sensibilización entre sus pares.
El texto también cuestiona la tendencia a considerar que las adolescentes participan únicamente como receptoras de apoyo o protección dentro de los movimientos feministas. Por el contrario, plantea que cuentan con agendas propias, reflexiones políticas y formas particulares de comprender las problemáticas que las afectan, por lo que deben ser reconocidas como actoras con capacidad de incidencia.
Otro de los planteamientos centrales del análisis es la necesidad de ampliar la definición de participación política. Los autores señalan que ésta no se limita al ejercicio del voto o a la militancia partidista, sino que también incluye acciones cotidianas como la organización comunitaria, la creación de redes de cuidado, la denuncia de violencias, la defensa de derechos y la generación de espacios de aprendizaje colectivo.
El estudio concluye que el activismo adolescente es una forma legítima de participación política que con frecuencia es minimizada por prejuicios con la edad, por lo que se plantea fortalecer el diálogo entre generaciones y reconocer a las adolescentes como actoras con capacidad de incidir en los asuntos que afectan a sus comunidades.
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