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Peluca en las pestañas

La vi en los pasillos de una oficina de la fiscalía, un martes, con un calor de esos de mayo. Llevaba peluca en las pestañas. También en el pelo. Unas uñas como de diez centímetros. Los senos y las nalgas iban por delante de ella, como anunciándola. Se movía de un lado a otro arriba de unos tacones que yo creía muertos y enterrados con las señoras del siglo pasado. Nadie se ríe de una mujer así en su cara. Se ríen después, en el pasillo, tomando café malo. Yo no me reí. Me quedé mirando… y pensando.

La cosa es que le funciona. Eso es lo que nadie quiere decir. Los hombres la voltean a ver. Las mujeres la miden de arriba abajo. Y ella cobra. Porque para ella eso es un salario. No el común, el otro, el que pagan por adornar la oficina mientras los demás se pudren en un escritorio del fondo.

No hay que creer que hacer eso es fácil. Métanse ustedes ocho horas en esos tacones. Aguanten el quirófano, la aguja, la peluca que jala el párpado, despertarse cada día a las cinco de la mañana para colocarse todo el equipo. Es trabajo. Trabajo que ese lugar aplaude. Ella lo aprendió. Puesta así, vale más.

Su cuerpo entero es un mande usted que no hace falta explicar. Mande usted, la frase con la que a los mexicanos nos enseñaron a contestar antes de saber qué nos van a pedir. Ella la trae puesta. Antes de que el jefe abra la boca, ya dijo que sí.

Hoy me invitaron a escribir en estas páginas. No sé si me quede, eso lo dirán después. Pero si me dejan, esto es lo que pienso hacer. Traer cada tanto a uno de nosotros, uno de los domesticados, de los que tenemos que obedecer, aunque sea poco, para poder funcionar en sociedad. Hoy le tocó a ella, no porque sea la peor sino porque se ve. Los peores no se ven, ese es el chiste.

Y ojo, no la culpo. Culparla es fácil, sería lo que hace la señora decente que la ve pasar y suelta un comentario mordaz, sin darse cuenta de que ella también trae collar, nada más que de otro color. La falsedad no la inventó esta mujer. La heredó como si fuera una deuda. Desde niña le dijeron que el que la vieran era ganar y que ganar era existir. Cumplió mejor que muchos que andan presumiendo un diploma. No hubo un látigo. Hubo revistas, telenovelas, jefes que ascienden a la que sonríe, un mundo que aplaude el cuerpo y desconoce lo que es el mérito. Hubo mucho machismo. Ella habla el idioma de la casa, es todo.

Quién decidió que el bisturí abre puertas. Ella no está enferma. Ella es un ejemplo, y de los honestos, porque ni disimula. Se ofreció a la vista de todos y le dijeron que sí.

Más que el llevar una peluca en las pestañas, la cuestión es el premio que recibe por llevarla. A unas las amaestran para adornar. A otras para aguantar. Ninguna pide el collar. Todas aprendimos a caminar con él. Y todas, cada quien a nuestro modo, tenemos que decir mande usted todos los días. Unas con el cuerpo. Otras con silencio.

Ese martes terminé mi trámite. Obedecí cada instrucción sin chistar, di las gracias y hasta que iba en la banqueta caí en cuenta de que llevaba media hora diciendo que sí sin retobar. Igual que ella. Igual que todos. Domesticados hasta para no darnos cuenta.

 

jl/I

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