Hace poco leí por segunda vez, esta vez con mis amigas, ‘El cielo de la selva’, de Elaine Vilar Madruga, la escritora cubana. Una novela de terror contemporáneo que se desarrolla entre la frontera de la amargura de ciudad y los pactos injustos que hacen sus ciudadanos en sus desigualdades y lo inhóspito, lo desconocido y lo oscuro de lo salvaje.
Costó trabajo, pero en el club de lectura preferimos los libros pesados, los que hacen necesario leer en compañía para transitar juntas los pasajes que provocan asco y dolor. En este libro lo duro corresponde a una metáfora compleja y dolorosa acerca de la maternidad. En múltiples ocasiones, la autora ha señalado que ‘El cielo de la selva’ fue inspirado por las mujeres de su familia, las abuelas, las tías, su propia madre que, presas de un mundo hostil, deben sacrificar a sus hijos y a sus hijas en las fauces de un monstruo insaciable que se come a los niños a mordidas y no deja apenas rastro de ellos.
En medio de una naturaleza terrible, oscura, el edificio antiguo de una hacienda resguarda a una familia extraña y enloquecida por ese designio arbitrario. Su matriarca, La Vieja, llegó a habitarla hace años y para sobrevivir a los caprichos asesinos de la selva, un ente y una especie de Dios al mismo tiempo, ha decidido entregarle a los niños que nacen primero de su vientre y luego del de su hija Santa, que vive todo ese tormento rodeada de niños a los que detesta, apoderada de un designio que nunca habría elegido y que ya no tiene sentido para ella durante la novela.
Las otras personas que habitan en la Hacienda son incapaces de ver la dimensión infinita y desesperante de ese sacrificio constante que les es arrebatado a las mujeres y sus cuerpos atropellados por la exigencia del parto con la promesa, que ya no recuerdan haber hecho, de seguir vivas.
El ambiente de la trama es la selva, un espacio que la literatura ha utilizado sobre todo como algo salvaje, inmenso, algo que no cabe del todo en un mapa. Sin embargo, Elaine Vilar logra convertir este espacio en algo asfixiante, un ciclo del que no se puede salir y del que casi nadie sale vivo.
Y esto podría referirse en una metáfora a la tiranía que hay en la maternidad, en las madres terribles que parecen querer tragarse a sus hijos, pero va más allá.
En este momento político en el que cada vez es más evidente el resultado al que llegó una reflexión continua acerca de la crianza –dado que cada vez tenemos menos hijos generacionalmente– la visión que propone Elaine se vuelve sumamente relevante.
Qué terror el de vivir en una sociedad que se traga a nuestros hijos: una maquinaria de violencia, de trabajo exhaustivo, de hambre, de guerras y de terribles desigualdades, así parece siempre. Que las madres ven al fruto de su vientre morir trincheras que no reconocen como propias. Se ha banalizado tanto estar vivo, a manos de sistema, que la idea de nacer puede resultar así de extraña e impropia para quienes tienen esos hijos que luego son números, cuerpos en una plancha.
Este libro es la respuesta a esas muchas preguntas que nos hemos hecho como generación, tomando en nuestras manos el derecho que hoy nos pertenece de preguntarnos por el propósito antes de tomar decisiones complejas, permanentes: ¿vale la pena todo ese sufrimiento que vimos en nuestras madres y nuestras abuelas? ¿Tiene algún sentido? ¿Nos hará felices de alguna manera?
Esa deuda que tiene el mundo con las madres que se despiden de sus hijos antes del tiempo correcto es de lo que realmente consiste el terror de un libro como este, que ve en las entrañas de nuestra sociedad, las tragedias que luego parecen invisibles.
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