Indudablemente todos los seres humanos tenemos intereses personales. Todas las personas queremos y necesitamos dinero; nos motiva tener posiciones de poder (aunque en muchas ocasiones no se es consciente de las responsabilidades e implicaciones que conlleva un cargo importante); deseamos placer sexual; nos interesa que nuestros seres queridos vivan en muy buenas condiciones; queremos una muy buena vivienda; nos seduce el tener los equipos tecnológicos de última generación, etc.
En consecuencia, buscamos satisfacer nuestros intereses y nuestras necesidades básicas y también las necesidades creadas.
El problema es como satisfacemos tales intereses y necesidades. Unas personas lo hacen de una forma licita y legítima que implican justicia, equidad y congruencia ética, mientras que otras lo hacen de forma ilegal, violenta, engañosa, manipuladora e inmoral.
Tenemos claro que no todas las personas piensan, sienten y se comportan de la misma forma. Lo que diferencia a unas y a otras son sus valores, sus características de personalidad y el contexto inmediato en el que viven (que puede ser o no permisivo, de corrupción e impunidad, de presión, etc.).
Viene a colación esta reflexión ante algunos recientes sucesos internacionales, nacionales y locales que nos sorprenden y nos seguirán sorprendiendo e indignando, por ejemplo: las masacres de miles de personas en la Franja de Gaza; los asesinatos de ciudadanos en Minneapolis por manifestarse en contra de las redadas antinmigrantes; las decisiones autoritarias, las actitudes y los discursos narcisistas y delirantes del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que están alterando el orden internacional y afectando a muchas personas; los bestiales actos de corrupción de las y los políticos de uno y de otros partidos políticos en México; las impresionantes ejecuciones de personas en diversas entidades del país, etc.
También es cierto que algunas personas cumplen funciones sociales muy importantes y trascendentes, como las y los presidentes y las y los secretarios de gobierno de un país; las y los legisladores y las y los magistrados y jueces; las y los gobernadores, las y los presidentes municipales, entre otras y otros, ya que son quienes deberían garantizar el ejercicio de los derechos y el bienestar de las y los ciudadanos.
Por ello, conscientes de los avances de la ciencia psicológica, sostenemos que para buscar que las personas aspirantes a tales cargos cumplan adecuadamente dichas funciones, antes de ser elegidas o designadas, deberán someterse a una evaluación psicosocial estricta, confiable y de calidad, y así evitar que lleguen personas psicópatas, sociópatas, narcisistas, mitómanas o trastornadas que mucho daño harían.
NH/I









