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Historia y novela histórica

He tenido largas discusiones con mi amigo Jordi Canal en torno al significado e identidad del término novela histórica. Él insiste en hacer una diferencia: las “novelas históricas” son aquellas que llenan los estantes en las librerías españolas y algunas de otros países, que se ocupan de historias que no tienen ningún rigor histórico y con personajes ficticios sin profundidad psicológica, que solo usan a la historia como telón de fondo, como escenografía.

Las novelas con temática histórica, considera el historiador, son las novelas bien escritas, respaldadas por una investigación amplia sobre el periodo y con las características de las novelas de calidad: personajes con profundidad psicológica, un arco dramático bien construido, tema relevante y lenguaje cuidado. Su contexto histórico, político y social permite explicar las acciones de los personajes y aunque son producto de su tiempo, sus pasiones, sus sentimientos, sus sufrimientos, llegan mucho más allá y apelan a públicos actuales.

Muchos otros teóricos se han ocupado de la novela histórica y hasta los propios escritores han sido convocados en foros para que expliquen cómo elaboraron sus obras y por qué trataron a cierto personaje de tal o cual manera.

La ficción histórica es un género que despierta desde hace muchos años el interés de lectores de novelas y cuentos y audiencias de películas y series con temática histórica. Las personas que se acercan a estos productos culturales arguyen que les parece más fácil y divertido acercarse a la historia a través de ese medio, ya que encuentran los libros académicos aburridos en el mejor de los casos o ilegibles, en el peor. Además, una gran cantidad de jóvenes y adultos fueron cuidadosamente vacunados contra la historia desde la primaria. Una tragedia.

Más allá de ello, es importante distinguir las diferencias entre historia y novela histórica, ya que algunos lectores de novelas que abordan a personajes históricos consideran que están leyendo “la verdad de lo que les ocurrió”. Es importante señalar que no es así.

La historia se escribe con base en fuentes: sean archivos documentales diversos, fotografías, hemerografía o testimonios, en el caso de la historia oral e historia del tiempo presente. Para elaborar una narrativa que tenga sentido, que tenga un inicio y un fin, está de por medio la “imaginación histórica” a la que hacía mención Collingwood. En la historia contemporánea, las fuentes se han ampliado y se estudian aspectos que antes no se tomaban en cuenta, como los sentimientos, entre otros. De cualquier manera, la narrativa resultante será una construcción entre muchas posibles. Por ejemplo, puede resultar que años después de ser publicada una investigación, se descubra una nueva fuente que complete o incluso contradiga lo sostenido antes. Llegar a entender lo que “realmente pasó” depende de la variedad de fuentes y la exhaustividad de la investigación. Además, la escritura de la historia no exige despertar en los lectores una emoción estética.

Una buena novela histórica, en cambio, tiene como objetivo conmover a través de la escritura. Para ello, puede darse licencias. El o la autora hará una investigación lo más completa posible de un personaje o una época, sin embargo, siempre habrá huecos en las fuentes. ¿Qué dijo el personaje realmente? ¿Qué sintió en un momento determinado? ¿Cómo influyeron diversos factores en sus decisiones y acciones? Y yendo aún más lejos: ¿Cuál era la textura del traje que vestía? ¿Qué platillos y de qué sabores y olores se degustaban en su mesa? Aunque eso también requiere investigación, reunir esos datos requiere de una dosis mayor de “imaginación histórica”, volver seres humanos a los héroes y heroínas, indagar en las vidas de grupos subalternos que no dejaron vestigios suficientes en los archivos y, sobre todo, hacer presentes y entrañables a los personajes, para acercarlos a los lectores actuales. 

 

*Doctora en historia. Académica en el CUCSH UdeG. Autora de cinco novelas históricas y un libro de relatos

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jl/I

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