loader

Atendiendo el infierno: el tratamiento a familias con desaparecidos

Dolores lleva cuatro años cargando una foto en la bolsa.

La carga a todas partes. La muestra en la tienda, en el camión, en la sala de espera de una institución que no la conoce por nombre, solo por expediente.

Su hijo se llama Rodrigo. Tiene –o tenía, ella no lo sabe y esa incertidumbre es su condena– veintitrés años y una sonrisa que ella describe siempre de la misma forma, como si tratara de grabarla más fuerte en la memoria.

Dolores no está enferma. Está en guerra, pero cada vez se siente con menos armas para seguir luchando.

Existe un concepto en tanatología llamado duelo ambiguo: la pérdida sin cuerpo, sin fecha, sin el permiso social de llorar, porque técnicamente todavía no hay nada que llorar. Es el más devastador de todos los duelos porque no tiene orillas. No empieza ni termina. Vive adentro como un animal rabioso que no duerme ni come, pero tampoco muere. Las familias de los desaparecidos en este estado –no doy cifras porque no me cuadra el registro con la realidad que veo, vivo y siento– intentan sobrevivir así, con ese animal adentro: la incertidumbre.

¿Y el sistema de salud? Pues les da turno para dentro de seis semanas.

No exagero… Es protocolo.

Lo que más me indigna no es la ausencia de recursos. Es la ausencia de voluntad de ver. Quiero pensar que, por ser muchos, no los ven. No vaya a ser que solo cierren los ojos para no darse cuenta de la profundidad del problema.

Hay un desaparecido, pero quien lo busca parece hacerse invisible. Porque ver a Dolores –que representa a todas las personas que viven este infierno– implicaría de verdad una genuina incomodidad institucional. Obligaría a mover estructuras. Exigiría que alguien en una oficina con aire acondicionado asumiera que lo que le pasa a ella, a tantos, a todos, también le pasa a este estado, y que este estado tiene una deuda que no se paga con campañas de cualquier color en noviembre.

El familiar de un desaparecido desarrolla, con una frecuencia documentada y silenciada, trastorno de estrés postraumático complejo. Enfermedades autoinmunes. Depresión que no responde al primer antidepresivo porque no solo es química desequilibrada: es toda una realidad patas arriba. Duermen mal. Comen peor. Abandonan trabajos. Algunos abandonan también a los hijos que sí están, por ir a buscar al que les falta.

Sí… La desaparición de uno rompe a todos. El problema es que se les deja romper solos.

Los gobiernos presumen cifras de atención, protocolos, crean fiscalías, nuevos cargos y comisiones. Existen documentos muy bien redactados sobre el acompañamiento a “víctimas indirectas”, que es el nombre técnico con que el sistema traduce lo que en realidad son esas madres, padres, hermanos, parejas o hijos como Dolores: personas a las que se les robó el futuro y a las que ahora se les roba también el presente, con lentitud burocrática y mera cortesía institucional.

Pero no quiero generalizar: aplaudo, reconozco y celebro el profesionalismo y compromiso de quienes hacen un trabajo impecable de apoyo y cercanía. Sin embargo, la inercia del sistema y la dimensión del problema parecen apuntar a otro lado. Incapaces, rebasados… Y sí, a veces cómplices.

Rodrigo sigue desaparecido. Dolores ya casi no llora cuando cuenta esto.

Los que llevan años esperando parecen secarse por dentro.

Eso también debería aparecer en algún informe de gobierno… pero no aparece.

 

* Psicólogo, tanatólogo, escritor

 

jl/I

OCULTAR