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Romper el fuera de lugar

Ser la primera nunca es gratuito. Quien abre camino suele enfrentarse a la resistencia de quienes prefieren que nada cambie. A lo largo de la historia, las mujeres que han decidido irrumpir en espacios dominados por hombres han tenido que pagar un precio que rara vez se les exige a ellos. Vicky Tovar lo sabe bien.

Mucho antes de que se hablara de techos de cristal, inclusión o igualdad de oportunidades, ella se atrevió a ocupar un lugar que parecía reservado exclusivamente para los hombres: el arbitraje profesional del futbol mexicano. Su llegada a la Primera División no fue producto de una concesión ni de una moda; fue el resultado de años de preparación, disciplina y una convicción capaz de resistir el rechazo.

En una época en la que el machismo se manifestaba abiertamente en el deporte, varios clubes llegaron a solicitar que no hubiera mujeres en la cancha. Sin embargo, aquella petición fue ignorada por Arturo Yamazaki, entonces presidente de la Comisión de Árbitros, quien decidió respaldar a Vicky por encima de las presiones. La confianza depositada en ella terminó demostrando que la capacidad no entiende de géneros.

Para los aficionados era simplemente la mujer que impartía justicia en el centro del campo. Lo que pocos conocían era la historia que ocurría fuera de los estadios. Mientras construía una carrera en el futbol profesional, también criaba sola a un hijo pequeño.

“Pensaban que yo solo iba a trabajar, pero también tenía un niño al que tenía que criar sola. Llevaba a mi hijo a entrenar; él tenía uno o dos años y se quedaba en la cancha”.

La imagen resume una realidad que muchas mujeres conocen bien: la de cumplir múltiples jornadas al mismo tiempo. Mientras entrenaba para mantenerse al nivel que exigía el futbol profesional, también ejercía una maternidad presente y comprometida.

Años después, aquel niño que la acompañaba a los entrenamientos siguió sus pasos. Hoy es árbitro de Tercera División.

“Llevar a las niñas y los niños a nuestro trabajo es decirles que pueden hacerlo y enseñarles, de manera indirecta, a trabajar. Me siento muy orgullosa de ver que mi hijo lleva una vida saludable y estudia ingeniería”.

Su debut en la Primera División llegó en febrero de 2004. Fue un partido entre Irapuato y América que terminó con marcador de 2-1 y que también dejó una imagen difícil de olvidar: la inconformidad de Cuauhtémoc Blanco, una de las figuras más importantes del futbol mexicano en aquel momento. Sin embargo, más allá de la polémica propia del juego, el verdadero significado de ese encuentro estaba en otro lugar: por primera vez una mujer arbitraba en la máxima categoría del futbol nacional.

No dirigió tantos partidos como podría suponerse una pionera de su dimensión. Aun así, su paso fue suficiente para dejar una marca indeleble. Cada encuentro representó una puerta que comenzaba a abrirse para quienes venían detrás.

“Estaba muy consciente de que me tocaba abrir una puerta para mis compañeras. Yo decía que no quería morirme sin ver a otra mujer en Primera División y me da mucho gusto que ahora sí reciban apoyo, sobre todo de la FIFA, como es el caso de Karen y Katia”.

Su historia no está hecha únicamente de triunfos. También hubo discriminación, obstáculos institucionales y una despedida anticipada provocada por la falta de respaldo. No tuvo un partido de homenaje ni los reflectores que suelen acompañar el retiro de las grandes figuras. Sin embargo, su legado nunca dependió de una ceremonia de despedida.

Lo verdaderamente trascendente fue haber demostrado que una mujer podía llegar, permanecer y competir al más alto nivel en un entorno que inicialmente la rechazaba.

Por eso, cuando mira hacia atrás, no encuentra espacio para el arrepentimiento.

La historia de Vicky Tovar no trata solamente de futbol. Trata de perseverancia, de valentía y de la importancia de abrir caminos para que otros puedan recorrerlos después. Porque quienes llegan primero rara vez lo hacen para sí mismos; lo hacen para demostrar que los demás también pueden llegar.

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