Las calificaciones en la escuela nunca fueron lo nuestro. Como en aquel meme del abuelo Simpson, quizá los más jóvenes ya no lo recuerden, pero hace algunos sexenios había una prueba estandarizada nacional llamada Enlace.
Cuando se publicaban los resultados, muchos políticos y periodistas buscábamos las mejores y las peores escuelas. Íbamos a hablar con estudiantes, profesores y padres de familia para tratar de entender las razones del éxito o del fracaso.
Me tocó visitar algunas de las peor evaluadas. No hacía falta ser especialista en educación para encontrar algunas explicaciones: había estudiantes que no tenían pupitres, escuelas sin baños y planteles que muchas veces ni siquiera tenían electricidad.
Pero a mí me interesaba más otro fenómeno: entender cómo algunas escuelas públicas conseguían superar a las privadas. No eran muchas, pero cuando aparecían llamaban la atención.
Muchas veces había algo detrás de ellas que ninguna prueba estandarizada podía medir: el liderazgo en esa comunidad.
Las y los profesores, al igual que los directivos, tienen un poder transformador que pocas veces reconocemos. Saben detectar capacidades, gestionan el talento y acuerpan a quienes enfrentan condiciones estructurales de desventaja.
Cursé la primaria en una escuela pública de tres turnos, entre los cuales figuraba el turno nocturno, hoy extinto. Siendo apenas un niño del turno matutino, solía acudir por las noches a observar y, en ocasiones, a explicarle algunos temas a los alumnos adultos. La maestra Natalia me invitaba porque creía que muchas veces los estudiantes pueden enseñar mejor desde la empatía y el vocabulario común. Yo me moría de pena.
Los liderazgos dentro de las comunidades educativas importan mucho. Puede ser esa maestra que busca maneras distintas de enseñar, una madre de familia que organiza la cooperativa, un directivo que no se roba las ganancias y las reinvierte en su escuela, o la maestra que se preocupa por saber si el estudiante llegó desayunado o si sus papás se están divorciando.
Ningún liderazgo sustituye un baño, un pupitre, electricidad o presupuesto. Pero incluso cuando todo eso existe, el dinero no hace una comunidad. Son esos contextos los que permiten que niñas, niños y adolescentes sientan que la escuela es un lugar seguro.
Ahora que discutimos el uso de las pantallas en las aulas, quizá también deberíamos preguntarnos cómo fortalecemos esos liderazgos que se construyen todos los días en el territorio.
Los resultados de PISA vuelven a recordarnos los límites de mirar la educación solamente a través de una calificación. Podemos medir comprensión lectora, matemáticas o ciencias.
Lo que resulta mucho más difícil es medir a la maestra que detectó que un alumno está en riesgo de reprobar por su condición emocional, al profesor que evitó que otro abandonara la escuela por falta de cuadernos o al director que gestionó recursos y consiguió que un plantel se convirtiera en refugio frente a lo que ocurría afuera.
Se sabe que la pandemia también rompió vínculos, rutinas y comunidades que tardaron años en construirse y que todavía estamos tratando de recuperar.
Por eso hay que leer los resultados de PISA con pinzas. Son importantes y debemos mejorarlos rápido, si no queremos quedar estancados en la economía del conocimiento.
Pero para quienes lo hemos sentido, sabemos que es mucho más importante sentir que la escuela también es nuestra.
GR









