En la oficina le decían ‘El Caquitas’, apodo que había heredado de otro señor idéntico años atrás y que ahora le quedaba perfecto. La teoría era que, antes de dormir, se sacaba dos pedacitos de caca de la nariz, los guardaba en el buró y a la mañana se los volvía a colocar en su sitio. Solo así se explicaba que anduviera todo el día con cara de oler algo que los demás no olíamos. Hay gente así en todas partes.
‘El Caquitas’ era secretario particular de una funcionaria de medio pelo en un gobierno municipal, también de medio pelo. Era un cargo muy modesto que él ejercía con la solemnidad de un virrey. No mandaba. Obedecía. Pero había descubierto ese consuelo que consiste en obedecer a uno para fastidiar a los demás. Se creía una extensión de su jefa, y lo era. Una extensión malnacida, de esas que se estiran para alcanzar lo que no les toca.
Manejar a su jefa no requería astucia. Le decía qué pensar, a quién temer, de quién desconfiar y la señora, agradecida de que alguien le resolviera el trabajo de tener opiniones, le creía todo. A los de abajo los trataba como el que por fin encontró a alguien más abajo. No tenía poder. Tenía la ilusión del poder, que es peor, porque no trae responsabilidades pero sí caprichos.
Servía, sí, pero servía mal, que es la peor manera de servir. Malintencionado, mentiroso, caprichoso, ignorante y envidioso, cinco virtudes que en el servicio público “rara vez” se reúnen tan bien en un solo personaje.
Y aquí está lo que quiero contar, porque ‘El Caquitas’ no es algo raro, es una costumbre nacional. El secretario particular parece tener el oficio más simple del mundo, ponerse a las órdenes de otro. Un mande usted con patas. Pero ese servilismo casi siempre esconde una aspiración fallida. El Caquitas no quería servir a la jefa. Quería ser la jefa. Como no lo era ni lo iba a ser, se vengaba escondido detrás de ella, metiendo mano en decisiones que no le tocaban, con un criterio del tamaño de sus lecturas, es decir, ninguna.
Ese es el daño de los ‘domesticaditos’ con mando prestado. Obedecen soñando con mandar y, de paso, envenenan todo. Lo curioso es que se sienten elevados por nada, cuando no hacen más que obedecer. Le dicen mande usted a una persona, sí, pero también a un sistema que les pide justo eso, agacharse, servir con gusto. Se creen amos y son el mandado del mandado.
Un día, en uno de esos eventos que el gobierno organiza para que la gente llene el centro y se vea muy feliz, una de sus asistentes se hartó. No se supo por qué, no se oyó el principio del pleito. Pero lo que dijo al final se escuchó clarito. Le dijo, pues sí, tú podrás tener un poco de poder aquí, pero nunca vas a tener autoridad. ‘El Caquitas’ frunció el ceño, como siempre, y no contestó. Volvió a su escritorio a servir y a soñar con el día en que la silla fuera suya. Esa noche, imagino, se quitó sus dos pedacitos con más cuidado que nunca. Al otro día amaneció idéntico. Mande usted, patrona. Con todo el poder prestado del mundo y ni tantito de autoridad.
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