Hace un par de semanas que terminé ‘Marcelino’, la segunda novela que leo de la autora española Bibiana Collado Cabrera.
Antes me había maravillado ‘Yeguas exhaustas’, una novela/ensayo en donde la protagonista es una mujer pobre de provincias intentando estudiar filosofía en una universidad en la que se valora en los estudiantes por encima de todo, que exhiban los aspectos intelectuales bien marcados por las clases sociales altas.
Es bellísimo y devastador, y habla de las mujeres del pueblo y de sus hijas que se van a estudiar a las ciudades, del trabajo que sostiene ahora otro trabajo, el del pensamiento y el de la cultura, aunque tienda tanto a olvidarse de su origen.
En ‘Marcelino’, Bibiana hace algo similar con el género. Intenta entender qué elementos componen la intersección entre la masculinidad y la periferia, especialmente la ruralidad.
La novela sigue la vida del pueblo entre Marcelino y Encarna, su esposa y la única mujer de su vida a la que ha amado y deseado, y a la que ve sufrir sin entender el duelo por la pérdida de tres embarazos profundamente deseados. Atónito, dividido y confundido, el personaje intenta describir cómo la mirada de Encarna se va amargando y quiere entrar ahí para ayudarla, para compartir el dolor que él mismo está sintiendo, pero la imposibilidad de su carácter, su falta de habla, su desconocimiento ante algo que considera impenetrable, se lo impiden.
Quiere entrar a ese mundo desconocido de su esposa porque la ama verdaderamente, pero es tan ajeno que lo deja parado en la puerta, inmóvil.
Con este libro entiendo que Bibiana Collado busca narrar el mundo moderno y sus dilemas desde la más pura periferia, los lugares a los que usualmente no llegamos en las reflexiones acerca de la clase, del género y la raza, porque parecen lo opuesto, digamos al suceso, al gran suceso que ocurre, más bien, en las ciudades donde estamos supuestamente todas dispuestas a cambiar y donde ocurren los diálogos internacionales y modernísimos sobre qué vamos a hacer con nosotras mismas y con cómo nos relacionamos.
Este libro es la excepción. La novela transcurre a lo largo de la vida adulta, especialmente la vejez, de un hombre en la ruralidad de España que se enfrenta como un extranjero a las construcciones de la masculinidad de su época, esas que solemos relacionar con esos espacios: una masculinidad que pensamos original, machista por naturaleza y largamente generalizada.
Marcelino parece, contrastado con eso, un bicho raro. Marcelino vive su relación con las mujeres de su vida de una manera pacífica y con una expectación tierna. Las admira, las reconoce como parte relevante de su vida y como el verdadero sostén de la comunidad de la que forman parte. Las mira con una curiosidad inevitable, porque, sujetas también ellas a años y años de costumbres, tienden a expulsarlo de esos espacios que a él le parecen magníficos, inquebrantables e insondables.
En cambio, los espacios exclusivamente masculinos, lo turban. Aparece en ellos con aplomo, quizá porque es la única manera real de soportarlos y sobrevivirlos, pero también con extrañamiento y a veces con molestia. Hay escenas en las que los hombres del pueblo les preguntan cosas acerca de sus propias formas de acercarse, de sus relaciones sexuales y de los asaltos cotidianos de violencia contra las mujeres y él no entiende, no se explica y se aleja determinadamente. Así no ha sido su constitución y él es fiel a sí mismo, se ve a leguas.
Marcelino es en suma un horizonte para intentar entendernos en los posibles resquicios de la construcción de nuestro género. Es posible a pesar de todos los embates de un sistema que nos requiere dentro de una categoría muy específica por la que seríamos capaces de hacer daño, de matar. No es nuestro designio natural, pues, eso declara este libro.
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