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Lo real y la ficción

En la nueva novela de Valeria Luiselli, ‘Principio, medio, fin’, es imposible saber qué es real y qué es ficción. Tanto en la trama como en sus reflexiones acerca del papel mismo de la ficción y de la escritura.

En la trama hay una niña, una madre, una abuela y una bisabuela que circulan en diferentes dimensiones del mismo hecho: la posibilidad de perder la memoria. La protagonista (en apariencia) acaba de pasar por un devastador divorcio que implicó también separar a su hija de los que por años fueron su padrastro y su medio hermano, y ahora tiene que lidiar con la enorme ansiedad de comenzar de nuevo. Y para comenzar, hacen un viaje hacia Italia, donde nació su abuela, y hacia las emociones y reflexiones que despierta la cercanía de la historia del Imperio romano, cuna intelectual, al menos narrativamente, de Occidente.

Quien escribe en el libro, que narra todo esto de manera fragmentaria, se pregunta si en los relatos que nos formaron, los mitos y las historias que le dieron origen luego a la literatura, había realidad, materialidad, si había premoniciones acerca del futuro, pistas del pasado, pero nunca lo contesta.

Quizá porque esta es una pregunta imposible.

Ahí hay un paralelismo porque quien narra tampoco revela si en la trama hay algo similar a la vida real de la propia Valeria Luiselli.

Creo que es una mala costumbre de nuestro tiempo querer entrar, a toda costa, en la vida de las autoras de los libros que amamos. Cuando esas autoras aparecen en la prensa o en la radio, las preguntas acerca de lo mucho que se parecen a sus personajes –si como ellas, las autoras también dejaron al marido, sufrieron un aborto, fueron maltratadas por la madre o rescatadas por la amiga– nunca faltan. Sospecho que a sus pares hombres no les hacen las mismas preguntas y que la construcción de lo que hoy conocemos como ficción, ficción pura que se usa únicamente para interpretar o criticar la realidad, pareciera ser un instrumento exclusivamente masculino: a las mujeres no se les permite esa sospecha, quizá porque entraron al canon literario después que los hombres, gracias a años de machismo intelectual. ¿De qué otra cosa van a hablar más que de ellas mismas? El mundo, en su entereza –parecen decir–, se les escapa.

Es en ese prejuicio donde surge ‘Principio, medio, fin’. Como lectora, al principio una cae y trata de confirmar sus sospechas, hacer conjeturas, hasta que resulta imposible, porque la novela está llena de espejismos en el tiempo y en sus referencias a otros libros, mitos, historias, noticias que configuran un universo particular que ya casi nunca toca al mundo real.

El libro de Luiselli es, en ese sentido, una navegación, como ‘La Odisea’ donde ya no es necesario referirse a la realidad, como en un recuento demente y bello que funciona por sí mismo. No se revela nunca, no se define, porque pertenece, al mismo tiempo, al presente, al pasado y al futuro.

En algún momento de la lectura –supongo que al medio– ya no es necesario recurrir a la tierra, porque la navegación es bellísima y no importa tampoco el destino, sino todas las emociones y sensaciones que resguarda como un amuleto. Esa es su mayor proeza.

Finalmente, ¿qué es la ficción? ¿Qué papel tiene en nuestra memoria y en la memoria del mundo? ¿Qué veremos de nosotras mismas cuando los relatos que nos configuran como civilización sean, como son ya en la actualidad, solo pistas de nuestra identidad? Apenas retazos de nuestras angustias históricas, la memoria desgastada de nuestras premoniciones y los fines del mundo que vaticinamos sin que sea necesario que se hayan cumplido.

Es la belleza sin tiempo, la importancia de habernos narrado y de haber dejado, sobre todo, que otros y otras nos narren.

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jl/I

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