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El derecho al consuelo

Llenas de sobrecogimiento, empatía y el deseo intenso, con frecuencia impotente, de justicia, escribimos. No hay motor más grande: contarnos a través de las otras, reflejarnos en sus experiencias, soñando que lo que sufrieron no se nos vuelva a repetir.

En el club de lectura Las de la Intuición leímos con ese mismo afán –es natural que las intenciones de la autora se reflejen en las de las lectoras– ‘Hierba’, una novela gráfica de Keum Suk Gendry-Kim publicada hace algunos años, en 2022. En español fue traducida por la editorial Reservoir Books, en un intento hermoso de transmitir todo el contexto histórico de esta historia difícil: la de Lee Ok-Sun, pero también la de todas las llamadas “mujeres de consuelo”, empobrecidas y secuestradas de sus pueblos de origen para ser explotadas como esclavas sexuales al servicio del ejército japonés durante la Guerra del Pacífico.

Esta historia se cuenta a través de la mirada de la autora, quien sostiene varias conversaciones con Lee Ok-Sun en una casa de descanso donde residen varias adultas mayores que fueron víctimas de este tipo de violencia sistemática y sostenida desde niñas. En ese sentido, la herramienta más importante de la artista para contar esta historia no es solo la sorpresa y la indignación de conocer que en las historias oficiales –comúnmente contadas a través de grandes vacíos y omisiones– importan también los relatos familiares de cada víctima: las circunstancias de pobreza extrema que las llevaron a las fauces de gente abusiva, movida por un interés en apariencia más grande: la conquista social, cultural y política de un territorio considerado amenaza o botín.

Dentro de esta lectura he reflexionado mucho acerca del término que se utiliza comúnmente para describir a estas mujeres esclavizadas en campos de trabajo duros y hostiles, donde no podían acceder a ningún tipo de agencia ni autodeterminación sobre su cuerpo. Eran violadas por decenas de soldados cada día, sometidas a trabajos endurecidos para mantener esos campos “limpios” y, además, no se les proveía de alimentos ni siquiera de un nombre; como parte de la crueldad y brutalidad japonesa en contra de Corea, estas mujeres –y todas las personas que habitaban el territorio que ellos consideraban parte de su conquista– eran renombradas con nombres japoneses que las despojaban de su propia historia.

A ellas, cuyo trabajo era atender las supuestas necesidades sexuales de los soldados japoneses, les llamaban “mujeres de consuelo”. Supongo que porque, en la narrativa machista de esta historia, los hombres enfrentados a los horrores de la guerra –que por otro lado ellos mismos provocaban en cada pueblo al que llegaban– tenían unos minutos para entregarse al placer de satisfacer su deseo.

Ese consuelo, esa empatía, sí la ofrece la autora a través del libro con varias decisiones editoriales que recorren un gran trecho: la ternura por Lee Ok-Sun niña, despojada de su historia, y adulta mayor, despojada de justicia. El reconocimiento de su valentía y el ofrecimiento de contar con todos sus matices un periodo cruel en donde también encontró enormes solidaridades, amistad, e incluso amor y esperanza.

He pensado en esto porque, a pesar del paso de los años y de cómo se ha hecho común esta historia, hasta la fecha no se ha resarcido públicamente a las mujeres victimizadas y revictimizadas infinitamente por la sociedad, los medios y sus propias familias. En aras de un encuentro pacífico entre los países durante la modernidad, las historias de estas mujeres han sido silenciadas porque, en esa misma narrativa, ellas no necesitan ni merecen consuelo.

Muchas, como la misma Lee Ok-Sun en la vida real, mueren sin haber encontrado nunca el reconocimiento de lo que se les hizo en nombre de la guerra ni algo siquiera cercano a la justicia. ¿Quién, entonces, tiene derecho al consuelo cuando se enfrenta a las atrocidades de la guerra y el despojo? Cuando miramos los discursos de Estados Unidos, Israel, Irán, Palestina, Rusia y Ucrania no es difícil sacar conclusiones.

Como lectoras y lectores estamos frente a una posibilidad única: hoy, cuando a pesar del músculo que ostentan los poderosos frente a los medios, podemos acceder a las historias de los más débiles: intentar brindar, también, consuelo, aunque sea a través del reconocimiento mínimo de quienes son dejadas a un lado en este tipo de conflictos.

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jl/I

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