Esta semana lloré sobre el libro que leía. No me refiero a un par de lágrimas cristalinas cayendo redondas por la comisura de la cara, sino a berrear.
Leí “¿Por qué son tan lindos los caballos?”, de la autora argentina Julieta Correa, publicado hace poco en México por la editorial Rosa Iceberg. Se trata de una obra híbrida: un diario que funciona, al mismo tiempo, como una novela de no ficción. En ella, la autora relata el día a día de su madre, su juventud, su forma de ejercer la maternidad y las señales que estuvieron ahí, latentes, antes de que ocurriera el acontecimiento que marca el inicio del libro: el diagnóstico severo de la pérdida de memoria de su madre.
Y comienza justamente con el misterio del diagnóstico: la demencia frontotemporal que narrativamente no se parece a otras enfermedades relacionadas con la edad o la vejez.
En este recorrido, la autora reflexiona sobre su propia relación con su madre y sobre su identidad como ser humano independiente a la crianza de ella y de sus hermanos. Conocer a Sari -como le gusta que le llamen- a través de este proceso resulta bello y conmovedor. A pesar de la tristeza, no hay una mirada enfocada únicamente en la pérdida irreparable, sino en el disfrute del tiempo hermoso que aún les queda, aunque se haya trastocado irremediablemente.
No hace falta contar más, porque el diagnóstico es tajante. Suficientemente duro. En las escenas cotidianas, en los detalles más diminutos, habita también una especie de presagio de los días por venir; momentos en los que ella olvida que su hija es la misma persona que la cuida, llevando a Julieta a reflexionar sobre el instante inevitable en que su madre pronuncie su nombre por última vez.
He leído varios libros sobre la maternidad y sobre la memoria desde la perspectiva del olvido. La realidad es que eso que llamamos memoria no es un tótem inamovible. Pero este libro me golpeó de forma distinta, quizá porque en él descubrí que, ante la pérdida, también existe un descubrimiento.
Atestiguar cómo un ser querido pierde la memoria es, sin duda, un duelo. No solo por la pérdida en sí, sino porque se desvanecen las formas de autonomía: esas actividades cotidianas, como moverse por la ciudad o en casa, que poco a poco se vuelven imposibles para Sari.
Sin embargo, el libro confirma que en este proceso también hay vida. Que en medio de esos cambios existe una dulzura particular. En ese suceso tormentoso -tan parecido a la tragedia de ver a alguien amado olvidarse de sí misma- surge la posibilidad de conocerla de nuevo, de adoptarla y amarla de otra forma.
La autora descubre, junto con quienes la leen, que quizá la única herramienta que vale la pena contra el olvido es la ternura. No una ternura melosa y ciega, sino una que reconoce la belleza en la individualidad de las personas, incluso cuando parecen estar viviendo sus últimos días.
Creo que lo más conmovedor del libro, la razón, pues, de mi llanto tiene que ver con eso inevitable que ocurre en todas las relaciones mediadas por el afecto y los cuidados: que eventualmente serán marcadas por el tiempo y por los cambios, que todos tenemos en el horizonte la realidad inevitable del desgaste y que habremos de encontrar maneras sensibles de vivirlo, de sobrellevarlo. Ahí me parece importante la ternura, a prueba de todo, que nos lleva a reconciliarnos con lo que no podemos cambiar ni detener, pero también a encontrar amor durante el cambio.
jl/I









