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Amar en el fin de mundo 

Es cierto que es más fácil imaginar el final del capitalismo que imaginar el fin del amor.

Nos gusta pensar -y me uno a todas ellas, a todos ellos- que cuando llegue el momento, el amor nos salvará de todo. Será lo único que, frente al colapso del mundo, permanezca intacto. La capacidad de compartir con los otros y las otras nuestra memoria, nuestra esperanza como si estuviéramos convencidas de que eso será igual sin importar qué.

Esa posibilidad, que se quede intacta nuestra capacidad de desear, de sentir celos, de sentir rechazo, de querer ser elegidos, sigue casi toda la obra futurista de Andrea Chapela.

De manera más evidente en el último de sus libros, Todos los fines del mundo, recientemente publicado por Random House, los personajes de este libro se enfrentan continuamente a la pregunta que frente al clima político y social que vivimos en el mundo, tenemos que preguntarnos con más seriedad: ¿con quién nos gustaría pasar el fin del mundo?

Los personajes de este libro se enfrentan al cambio climático y a las consecuencias de los avances tecnológicos desmedidos en una distopía donde tienen que separarse a pesar de quererse.

En la historia la protagonista es parte de un triángulo amoroso separado por la migración.

Lo protagoniza Lucía, quien regresa a la ciudad tras la ruptura y actúa como el eje emocional del grupo imaginando y narrando escenarios en los que su relación de tres es posible y en qué condiciones, bajo cuáles renuncias.

Mientras tanto se pregunta también cómo no dejarse llevar por la melancolía y la pérdida y cómo serle útil al nuevo mundo que la espera. 

El dilema central que enfrentan los tres personajes no es solo la supervivencia física ante el desastre ambiental, sino la crisis existencial de cómo amar, recordar y encontrar propósito cuando el futuro ha dejado de ser una promesa. Los personajes se preguntan si vale la pena reconstruir vínculos en un mundo que se deshace, enfrentando el miedo al olvido y la dificultad de soltar lo que alguna vez fueron.

Aquí el fin no se presenta como un evento cinematográfico y repentino, espectacular, sino como un proceso lento y desigual donde la geografía (el primer mundo y el tercer mundo) juega un papel crucial.

En la novela, la posibilidad de pasar este colapso en un pueblo periférico o fuera del centro hiperconectado (y en decadencia) de la Ciudad de México introduce varios contrastes importantes sobre qué haremos frente a la crisis y la diferencia que supondrá hacerlo en la soledad y la melancolía o en colectivo frente a los retos que impone la organización. 

Por eso, el dilema de este libro es el presente.

Cómo nos vamos a articular si la única forma en la que seguimos pensando el amor, el cuidado y la ternura, es la pareja.

Si no nos hemos animado a pensar con seriedad, con responsabilidad, otra posibilidad: estar sola, estar con otras con quienes no compartamos necesariamente la cama o el proyecto de vida tal cual lo idealizamos.

Cuándo vamos a aceptarnos en las múltiples capacidades de la otredad. Sobre todo, cuándo vamos a mirar sinceramente que hay otras formas, que otro espectro del amor y del deseo es posible.

Con esto nos enfrenta la narrativa de Chapela, una forma situada de pensar el futuro y sus retos más allá de imaginarnos qué transporte será más rápido:

¿Cómo vamos a organizar nuestros afectos para sobrevivir a lo que viene?

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jl/I