Cuánto sabríamos de la historia del mundo si en algún momento alguien hubiera decidido guardar en un archivo las listas de la compra que hacían las mujeres a lo largo de los siglos. Qué anotaban. Cómo ordenaban la lista.
Cómo se diferenciaban, por ejemplo, las listas cuando eran redactadas con el fin de nutrir y alimentar a otra familia –la que te empleaba– y cuando eran redactadas por mujeres con el fin de nutrirse a sí mismas.
A mí me interesaría ver si las ordenaban por precios, por los colores de las frutas y las verduras, por el recorrido de los puestos en los mercados o por el orden de lo que implicaba cada platillo. Hay belleza en esa escritura secreta por definición, una forma de mensaje oculto por la cotidianidad en la que, estoy segura, hay algo verdadero, algo que podría narrar nuestras propias vidas cuando ya nos hayamos ido.
Esa pulsión fue lo que primero me atrajo del ‘Diario del dinero’, de la cantante, compositora, actriz y escritora argentina Rosario Bléfari, publicado por la editorial Mansalva. Me lo encontré vagando por la mesa de novedades de la librería Impronta esta semana y no lo pude dejar.
Antes del libro no sabía nada de Rosario. Después de leerlo, siento que lo sé todo. Que puedo intuir de dónde provienen sus arrebatos de inspiración, cómo tomaba las decisiones que la llevaban a crear y cómo la entristecían la enfermedad, el paso del tiempo y la precarización a la que desde hace años se orilla a los creadores y a los artistas.
Todo esto lo sé ahora a partir de sus diarios del dinero: entradas en las que registra los pagos que le llegan, los trabajos extra que toma para incrementar los ingresos del mes, las compras de libros para su hija, las salidas a restaurantes y las semanas en las que tiene que ir y regresar a casa en bicicleta o terminar comiendo lo que queda en el refrigerador porque apenas quedan unos pesos.
Rosario –vocalista del grupo Suárez, pilar del rock alternativo latinoamericano– aparece aquí frente al lector casi cristalina, sin las ataduras del estilo o de la vigilancia estética: cínica a veces, furiosa, clarividente, extremadamente creativa.
Es encantador el espejo de sus gastos.
Creo que hay algo importante que observar aquí.
Es propia de nuestra era una devoción desmedida y ciega al dinero. Somos esclavos de los objetos que nos obsesionan aunque no los necesitamos. Andamos todos como si no supiéramos –o no importara– dónde está nuestro dinero, a dónde se va, qué tanto nos contradecimos o nos traicionamos para tener más.
Nos hemos sometido tanto a la idea del progreso capitalista que el diálogo parece reducirse siempre a lo mismo: tener más, acumularlo, multiplicarlo. Ostentarlo a toda costa.
Por eso me parece una magnífica forma de entrar en nuestras vidas mutuamente: dejándonos la lista de la compra de la semana. El recibo de la cremería, de la tintorería, del café.
Yo no conocía casi nada de Rosario Bléfari y, antes de escuchar cualquiera de sus canciones, ya me sentía nadando en la hermosura de su vida: recorriendo la cuenta de la pizzería, el paso por la bicicletería donde tiró 150 pesos sin saber cómo o en dónde, la alegría del día de pago, la ida al dentista, el cierre de un contrato o el regreso al sistema de seguridad social gracias a un nuevo trabajo de tiempo completo. Cuando pagaba la renta, cuando preparaba empanadas para todos, cuando quería un nuevo disco y no le importaba con qué.
Son esas cositas, esas idiosincrasias ocultas, las que dentro de la voracidad de nuestro sistema, nos conectan.
En esos placeres que trascienden la culpa, en ese deseo desmedido por un pastel, en el libro y el disco que se compran en secreto. En esos lujitos que uno se da aunque el dinero escasee y la quincena todavía esté lejos, en ese gasto hormiga que no le confesamos a nadie, más allá que los grandes lujos y los símbolos del éxito o el fracaso, ahí somos tridimensionales y verdaderos. Casi nunca intentamos impresionar a nadie. Y tampoco esperamos que nos miren siquiera.
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