loader

Nuestra historia con los monstruos

Para René, por la recomendación

 

Podríamos hacer un claro recuento del ser humano y su relación con el territorio al que se le ha confinado a través de los monstruos que hemos creado a lo largo de la historia.

Lo que nos ha enseñado la ficción es que, cuando hablamos de monstruos, casi siempre estamos hablando de nosotros mismos y de ese lugar incomprensible oculto en nuestro interior, del que exploramos poco. Ese lugar no siempre está exclusivamente en nosotros. A veces, ese lugar oculto es el que habitamos con los otros y las otras.

Inventamos o imaginamos monstruos porque es más sencillo proyectar en esas criaturas –que no sienten, que no son como nosotros y que no son responsables de sus decisiones– todo lo que no queremos ver en nuestra propia realidad.

De eso es que emana ‘Como bestias’, de la autora francesa Violaine Bérot. Lo leí esta semana en apenas unas horas, por la noche. Está publicado en español por la editorial española Las Afueras y tiene alrededor de 100 páginas.

Es corto en sus acontecimientos. Pulido. Con un mecanismo narrativo tan claro y transparente como sorpresivo.

Los narradores son personas interrogadas en una investigación policial. En cada episodio puedes leer las respuestas que dan –sin que se revelen de ellos otros detalles– con respecto a la historia de un hombre. Lo recuerdan como un chico silencioso, corpulento y torpe, cuyo carácter aislado y agreste le hizo ganarse la fama de un verdadero monstruo.

Misterioso, siniestro, lleno de sombras.

Su madre, con el objetivo de protegerlo, lo lleva a vivir desde muy joven a la parte más asolada de la montaña en la que habitan, dentro de la Francia rural. Allá hacen otra vida, otra dimensión, alejados del miedo de los otros y de los mitos que se han inventado alrededor de su hijo y, también, de esa zona de la montaña donde se dice que las hadas secuestran a los niños.

En esa vida apartada, cerca de la naturaleza, su hijo puede vivir en la libertad de su diferencia, mientras los otros habitantes del pueblo crean sus propias teorías espantosas para explicarse aquello que son incapaces de imaginar fuera de sus márgenes.

Y estas teorías son las que discuten los habitantes del pueblo con la policía que intenta esclarecer el misterio: alguien ha visto, en los paisajes ocultos de la montaña, a ‘El Oso’ –como lo han bautizado de manera despectiva, pero también transparente– jugar y caminar con una pequeña niña, cuya presencia nadie logra explicarse.

Les resulta imposible que sea su hija y les resulta imposible que la cuide, que la mantenga a salvo.

Han juzgado que ‘El Oso’ es una persona peligrosa, ruda, incapaz de la ternura y de la delicadeza que requiere el cuidado. Con esa única base, con aquello que han decidido colectivamente que no es normal, señalan al ‘Oso’ de haber cometido un crimen. Todavía no saben con seguridad cuál, pero la policía, descubre el lector, ya lo mantiene en custodia.

La maravilla del libro es que, además de tratar de dilucidar la naturaleza dulce y protectora del ‘Oso’ –una que solo una persona más del pueblo había podido reconocer a pesar de los prejuicios colectivos– revela que el verdadero monstruo está ahí, en el pueblo, ciego.

Esos prejuicios, señala la autora, tenían otra función más allá de ir en contra del “monstruo”: buscaban ocultar que en el pueblo las mujeres estaban siendo víctimas de crímenes que nadie veía, con consecuencias complejas. Ocultas. Construimos murallas y distancias enormes para los monstruos que nos inventamos porque no tenemos idea de dónde se encuentran los reales. Porque no sabemos qué tan cerca están.

Este libro es una invitación a mirarnos, pero también a mirar con compasión incluso aquello que nos parece incomprensible, a mirar lo realmente horrible más allá de nuestros prejuicios.

X: @alecarrillogl

jl/I

Lo más relevante