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Del streaming a las calles incendiadas

La realidad siempre supera la ficción. Estamos tan acostumbrados a las series de televisión donde los líderes de organizaciones delictivas son presentados como héroes y a los corridos tumbados, prohibidos y sancionados por autoridades, pero tan populares y arraigados, que ya se ha normalizado la interpretación aspiracional del crimen organizado y la violencia que vivimos. Consumimos esas narrativas como entretenimiento cotidiano: las reproducimos en plataformas, las compartimos en redes sociales, llenamos conciertos y convertimos en tendencia a quienes encarnan o cantan esas historias. Sin advertirlo, el consumo masivo termina por legitimar el relato y amplificar su alcance.

¿Los consumidores de esos contenidos seguirán romantizando a los líderes de los cárteles si se hubieran visto afectados por los bloqueos y disturbios del pasado domingo? ¿Seguirían cantando a todo pulmón los narcocorridos si su patrimonio se hubiera reducido a cenizas como le sucedió a cientos de personas? No hay set o escenario capaz de recrear los acontecimientos en la dimensión real, ni actor que interprete el miedo que vivió la ciudadanía. Sin embargo, al elegir ver y escuchar esas producciones, al convertirlas en fenómeno cultural y comercial, somos también parte de la ecuación que las sostiene.

El recuento de daños comienza por las pérdidas humanas: la muerte de Angélica María, madre de familia con un embarazo de cuatro meses, y la de 28 elementos de las fuerzas federales. A ello se suman 500 puntos con bloqueos, autos y tiendas de conveniencia incendiados o vandalizados y poblaciones incomunicadas.

Nada de eso fue ficción tras el operativo de aquel 22 de febrero. En cuestión de horas cambió por completo el guion de un domingo cualquiera. Lo que en la pantalla suele musicalizarse y editarse con ritmo vertiginoso, en la realidad se traduce en pérdidas irreparables, miedo colectivo y una ciudad paralizada.

Eventos como este han sucedido antes; luego de la captura o la caída del líder de un cártel, la reacción del grupo delictivo despliega su organización. Ha sucedido más de una vez, se conoce el formato. En el recuento de los daños nadie gana. El “Código Rojo” que se activó en Jalisco permitió resguardar a la ciudadanía, pero los efectos de esa tensa calma no se percibieron ni siquiera en la pandemia: calles desiertas, transporte inactivo, desabasto de víveres, filas interminables para adquirir lo poco disponible en los comercios que abrieron sus puertas.

Eso ya lo vimos en películas donde el fin del mundo se acerca o donde la humanidad se convierte en zombi, pero no lo vimos en la serie ‘Narcos’, ni en ‘El señor de los cielos’, ni en ‘La reina del sur’, ni en las películas de Luis Estrada. Tampoco en los narcocorridos donde las letras hablan del dinero y los excesos como sinónimo de lujo en una cultura que le agrega el prefijo “narco” a palabras comunes cambiando su semántica: “narco-tienditas”, “narco-fosas”, “narco-laboratorios”, “narco-call center” y así podría seguir la lista. En esas producciones rara vez se profundiza en el duelo de las víctimas, en el impacto comunitario o en la fractura social que dejan estos episodios; el foco suele estar en el ascenso, el poder y la opulencia.

Ha pasado una semana y estamos volviendo a la normalidad, a la paz que nos arrebataron en esa jornada. Pero si realmente queremos preguntarnos dónde está nuestra parte, debemos mirar también nuestras decisiones de consumo. Cada reproducción, cada vista, cada canción coreada es un voto cultural que fortalece la narrativa del éxito ligado a la violencia.

Vivimos en una docuficción en la que se normaliza la violencia, en la que se consume la narcocultura en la música y la televisión con la que crecen los niños que serán los adultos de la siguiente generación. Merecemos una sociedad libre de expresarse, pero sin caer en la apología del delito. Si queremos un cambio auténtico es el momento de reescribir el guion de la historia, no solo desde las instituciones, sino también desde nuestras pantallas, nuestras listas de reproducción y nuestras decisiones como audiencia.

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