Hace unos días, la noticia de la muerte de Marjane Satrapi parecía casi inverosímil. La familia de la escritora, pintora y cineasta francoiraní, creadora de ‘Persépolis’, informó que la mujer que desafió a un régimen con su pluma y que retrató la realidad que ha oprimido a las iraníes durante décadas había muerto de tristeza. Tenía 56 años.
Marjane supo interpretar su realidad a través del arte. Dibujó su historia, no sólo la de su país. Las historias en blanco y negro de sus novelas gráficas narraron la cotidianidad y, por ello, eran profundas y reales. Sus personajes habitaban un Irán oprimido, vivieron una revolución islámica, una guerra que multiplicó a los presos políticos y sobrevivieron a una libertad que les fue negada. ‘Persépolis’ (2000) fue su obra cumbre; su adaptación al cine en 2007, más allá de reconocimientos como el Premio del Jurado en el Festival de Cannes o de convertir a Satrapi en la primera mujer nominada al Oscar en la categoría de Mejor Película Animada en 2008, hizo algo mucho más trascendente: abrió el diálogo intercultural.
Marjane explicó como nadie la imposición del velo para las mujeres en Irán; cómo el régimen las redujo a objetos al cubrirlas con tela, cómo les limitó el uso del espacio público y denunció cómo fueron asesinadas por no llevarlo.
La obra colectiva ‘Mujer, Vida, Libertad’ es uno de sus últimos trabajos y el que la aproximó aún más al activismo. Surge del movimiento que puso a Irán en el ojo del mundo –otra vez– tras el homicidio de Mahsa Amini en septiembre de 2022 por no llevar “correctamente” el hiyab. La llamada “revolución del velo” fue el movimiento feminista más importante de su país.
Marjane vivió siempre entre territorios. Sus padres, progresistas, encontraron la manera de que llevara una vida libre y laica lejos del régimen islámico, primero en Viena y luego en Francia. Ella logró salir de Irán, pero Irán nunca salió de ella. Esa mujer que no correspondía a su época ni a su geografía era demasiado iraní para ser francesa; de ahí que su obra estuviera tan inmersa en su tierra natal.
Marjane nunca olvidó quién era ni de dónde venía y, pese al clima hostil y violento en el que creció, no desarrolló miedo a defender su identidad. Recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2024, pero el año pasado rechazó la Legión de Honor que concede el gobierno francés, como reproche a su postura político-migratoria hacia Irán, a la que consideró “hipócrita”.
En el discurso de aceptación del reconocimiento español, una de sus últimas apariciones públicas, destacó que, aunque la educación es la clave para vivir con dignidad, el éxito radica en el humanismo y, citando al poeta iraní Saadi, mencionó: “Tú que eres indiferente al sufrimiento de los demás, no mereces llamarte humano”.
El último capítulo de la vida de Marjane empezó a escribirse el año pasado con la partida de su esposo, el actor y productor Mattias Ripa, a quien ella misma definió como “el amor de su vida”. ¿Quién diría que esa mujer de mente libre y pincel revolucionario podría sumirse en una tristeza sin salida? ¿Acaso Marjane habrá experimentado el dolor que ella misma escribió para Nasser Alí en ‘Pollo con ciruelas’ (2004)?
Sus últimos trazos fueron en solitario. Nadie advirtió su partida, aunque hubiera depuesto las armas tras la muerte de Ripa. ¿Cómo adivinarlo si esa mujer rompió todos los moldes y desafió todas las normas? “Morir de tristeza” podría ser el título de su última obra, una licencia poética concedida sólo a los audaces que trascienden su propia historia.
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