¿Quién diría que este país, donde solo se jugaron 13 de los 104 partidos de la Copa del Mundo, sería capaz de sostener el espíritu de toda la justa deportiva? ¿Quién diría que, pese a todas las restricciones, demostraría que un Mundial no se trata solo de un duelo entre futbolistas, sino de vivir con pasión dentro y fuera del terreno de juego?
Pese al escenario adverso, a las marchas, a los bloqueos, a los plantones y al desánimo por los precios incosteables para acceder a un partido, México le mostró al mundo que no necesita permiso para nada: para hacer suyas las reglas, para convertirse en un campo de refugiados, para disfrutar de un partido en cualquier esquina, para convertir un monumento en un escenario o para darle el título de embajador del Mundial a un pato. Este país es así: cálido y surrealista; vive la euforia diciéndole al mundo que no necesita permiso para ser único y, mucho menos, para ser feliz. Ni siquiera una derrota frente a Inglaterra fue capaz de apagar esa celebración que hace semanas dejó de depender del marcador.
El momento que vivimos no solo es deportivo; también es económico. La derrama en los primeros 20 días del encuentro se estima en 45 mil millones de pesos, 11 mil millones de ellos en Guadalajara, de acuerdo con la Oficina de Visitantes y Convenciones. Pero, más allá de todo, es un fenómeno social: la energía y las dinámicas de vida han cambiado en las últimas semanas. La gente pasó de la inconformidad por los precios impagables para asistir a los estadios o por los muros impuestos por los organizadores, a vivir una fiesta que no se ha visto en ninguna de las otras sedes.
Este momento es único, no tiene un guion escrito y, aunque el Mundial no le pone pausa ni a la inseguridad, ni a la violencia, ni al caos, ni al dolor que los mexicanos sobrellevan, eligen ser felices, porque lo que sucede en las calles, juegue o no la Selección Nacional, es una muestra sin filtros del espíritu de un pueblo. La eliminación duele, por supuesto. Duele porque siempre existirá la esperanza de ver a México llegar más lejos. Pero esta vez el silbatazo final no alcanzó para borrar lo que ya había ocurrido fuera de la cancha.
Tiempo atrás le preguntaron a Guillermo del Toro cómo lograba reflejar la dualidad entre la luz y la sombra en sus películas. La contundencia de su respuesta nos acompaña desde entonces como un mantra: “Soy mexicano”. Nadie pudo decirlo mejor. El mexicano vive con alegría porque reconoce la cercanía de la muerte. Así ha sido nuestra historia: caminamos sobre la línea que divide una de la otra, y esa dualidad les enseña a las nuevas generaciones que tenemos un espíritu inquebrantable que no tiene ninguna otra nación. Quizá por eso entendemos que la felicidad no consiste en ganar siempre, sino en encontrar razones para celebrar incluso cuando el resultado no acompaña.
Los que vivieron los mundiales de 1970 y 1986 saben que esta experiencia no se parece a las otras; este es otro México, es otra gente, con otra energía. Las niñas y los niños de hoy recordarán mañana que hubo un tiempo en que los mexicanos salían a las calles a celebrar su identidad, más que un triunfo; que abrazaban al extranjero, que celebraban las victorias ajenas como propias, que salían enmascarados, con sombreros o penachos y formaban parte de una marea verde que cubría las calles y las avenidas como ninguna otra marcha registrada; que experimentaban una alegría que no se vivía un lunes cualquiera.
También recordarán la tristeza de una eliminación frente a Inglaterra. Pero, con el paso de los años, quizá descubran que el recuerdo más valioso no fue el marcador, sino la manera en que un país entero decidió encontrarse consigo mismo durante unas semanas.
Porque los partidos terminan con el silbatazo final. Lo verdaderamente importante es aquello que permanece cuando el estadio se vacía. Y este Mundial le recordó a México que su mayor fortaleza nunca ha estado únicamente en el futbol, sino en la extraordinaria capacidad de convertir cualquier adversidad en una celebración de identidad, comunidad y esperanza.
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