Este comentario lo escribo unas cuantas horas del partido México-Inglaterra y estoy, como medio México, con la incertidumbre de cómo nos irá. ¿Se imagina usted vivir constantemente con esa misma incertidumbre en nuestra economía nacional? Esto es lo que parece haber impuesto el gobierno norteamericano con respecto al tratado comercial y de inversión con Canadá y México.
La formalización del proceso de revisión del TMEC inició el pasado primero de julio y la noticia clave ha sido la de sustituir la renovación de largo plazo por renovaciones anuales. Para México esto supone una perspectiva compleja: nosotros dependemos de los Estados Unidos como ninguna otra nación depende de otro país. Lo que producimos y exportamos, las inversiones extranjeras, las remesas, la tecnología que empleamos y hasta el que seamos sede del mundial depende de nuestra relación con el vecino del norte.
Con tal dependencia, requerimos reglas claras y estables en el tiempo. Si una empresa se establece en México, si se articulan cadenas productivas, si se establecen proyectos tecnológicos e inclusive si se establecen marcos colaborativos entre universidades, sindicatos, organizaciones civiles y gobiernos, es necesaria la construcción de escenarios de mediano y largo plazo. Sin embargo, si una base fundamental de la relación económica entre naciones puede ser significativamente cambiante cada año, el establecimiento de acuerdos se torna más complicado.
Evidentemente, cada acuerdo en lo particular podrá establecer periodos de vigencia mayores a un año, pero entonces se pierde la base de estabilidad en cuanto al entorno en que se generan tales acuerdos, con lo que se diluye la supuesta solidez de un bloque económico establecido. Esto no es en sí mismo una buena o mala noticia: si un acuerdo internacional supone el sometimiento de una de las partes a la otra, o si sólo beneficia a las élites corporativas y no al conjunto de las sociedades, entonces vale la frase de “más vale solo que mal acompañado”. Sin embargo, si para no quedarnos solos, más “doblamos las manitas” para hacer lo que nos digan, la expectativa se vuelve aún más obscura.
La cuestión de fondo es ahora, como país, qué queremos y qué podemos hacer bajo una lógica de revisiones anuales. La respuesta más sencilla y tentadora es “portarnos bien”, hacer lo que ellos nos digan y aguantar lo que nos hagan, para que nuestros vecinos no se enojen con nosotros y nos mantengan a su lado (“no me pegues en la boca, si no luego con qué te beso”). La otra posibilidad es aprovechar el cortoplacismo de las revisiones para ir construyendo gradualmente un proceso de diversificación económica, de tal manera que reduzcamos nuestra dependencia de los estadounidenses. La segunda opción es mucho más complicada y de largo plazo, pues implicaría enfrentar amenazas norteamericanas, construir complementariedades en las que podamos, entre iguales, atender problemáticas y posibilidades comunes (sobre todo con países latinoamericanos), fortalecer nuestra relación no sólo comercial, sino de inversión, tecnologías e intercambios culturales con Asia, iniciar una relación económica fuerte con África (como lo hace Brasil), reactivar una mayor relación con Europa, etcétera.
En suma, la revisión anual supone mayor incertidumbre. ¿Cómo enfrentarla? Construyendo certidumbres… ¿Y si no se puede?... ¿Y si sí?
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