Las festividades de Semana Santa y Pascua, esencialmente religiosas, pueden ser fácilmente asociables a la incertidumbre global en la que, por todos lados se arguellen elementos religiosos para fundamentar acciones bélicas. La posibilidad de establecer un cese al fuego real y durable en Medio Oriente se encuentra en riesgo, dada la continuidad de las acciones israelíes frente a Irán.
Tanto Israel como Estados Unidos e Irán recurren a discursos justificatorios relativos a su propia religión predominante, como al ataque a las lógicas religiosas de los otros, para justificar sus posturas. En todo caso, este tipo de expresiones que parecerían remitirnos a la época de Las Cruzadas, dejándonos a todo el mundo en vilo.
En términos económicos, el conflicto mantiene una alta volatibilidad en los precios del petróleo, y de los energéticos en general. Pero igualmente podríamos referir la volatilidad de los precios de los fertilizantes y, por ende, de los alimentos.
Igualmente pueden verse afectados a nivelo global la disponibilidad y los precios de medicinas, de diversas materias primas críticas, e inclusive de semiconductores utilizables para las altas tecnologías.
En otras palabras, se mantienen riesgos en términos de inflación, especulación e inclusive de aprovisionamiento de bienes intermedios para las cadenas de producción globales.
Además, aún sin llegar a las desastrosas consecuencias humanas y ambientales que acarrearía un escalamiento del conflicto, una toma de postura más firme de Rusia y de China en términos comerciales y de inversión, podría agudizar mucho más un escenario de mayor crisis económica (lo cual explicaría el que tales posturas no se hayan ejercido).
En el plano nacional, pudiera parecernos muy lejano lo que sucede entre Estados Unidos, Israel, Irán, Líbano y el conjunto de Medio Oriente. Sin embargo, los impactos económicos sobre nuestro país, e inclusive sobre nuestro estado y economía personal se mantienen latentes.
Por ello, cabe reiterar la necesidad de construir una estrategia económica que gradualmente nos permita ir dependiendo menos de la volatibilidad internacional y asegurarnos el suministro de productos básicos, como combustibles, alimentos y medicinas para la economía local.
Desgraciadamente, lo que está ocurriendo no parece alterar el discurso predominante de todos los niveles de gobierno y partidos políticos de mantenernos atados a nuestra dependencia de los Estados Unidos.
¿Es posible plantearnos algo distinto? La respuesta depende de cuáles son nuestras prioridades: si nuestro objetivo económico real es seguir centrándonos en lo que requieran los mercados (nacionales y sobre todo internacionales), la respuesta es negativa.
En cambio, si nuestro objetivo real se concentrase en la alimentación básica, los equipamientos esenciales de personas y hogares, nuestra movilidad de personas y mercancías, así como la sustentabilidad de mediano y largo plazo, tal respuesta no tendría que ser inherentemente negativa.
Tal vez este sea un buen momento para volver a plantearse qué ciudad y país queremos, así como cómo queremos seguir conectados al mundo que compartimos.
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