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Entre la indignación y el derecho a la felicidad

En medio del escenario mundialista, escribo esta columna sin conocer aún el resultado del partido entre México e Inglaterra. Independientemente de su resultado, son innegables los alcances sociales que han tenido los triunfos de la selección mexicana. Después de cada juego hemos atestiguado cómo las principales calles y avenidas de nuestro país se ensamblan de miles de personas provenientes de todos los estratos sociales que celebran la victoria, como si estuvieran levantando la copa mundialista.

Como sociedad pareciera que tenemos una imperante necesidad de habitar el espacio público, de reclamar nuestro derecho a la felicidad. En el siglo 17, John Locke formuló que existen derechos naturales a la “vida, libertad y propiedad” y sostuvo que el Estado existe para proteger las condiciones que lleven a las personas a vivir bien y con alegría. 

En el país la violencia se instaló ya hace más de 18 años cuando el ex presidente Felipe Calderón declaró su mal llamada “guerra contra el narco”, misma que trajo como consecuencia un sinfín de violaciones a derechos humanos que trascendieron los sexenios posteriores. La más lacerante, la desaparición de personas, que en medio del acontecimiento deportivo internacional coexiste con la indignante realidad de 135 mil 347 personas desaparecidas y no localizadas hasta el 5 de julio de 2026, según el Registro Nacional.

Históricamente, durante estos eventos deportivos internacionales se levanta la voz de aquellos grupos sociales que viven agravios por parte de los países sedes. Nuestro país no es ajeno, en el Mundial de 1986 hubo manifestaciones por la crisis económica y el terremoto de 1985. En el Mundial de Brasil, en 2014, miles de personas salieron a las calles denunciando la desigualdad urbana y exclusión de los derechos a la salud, educación y transporte. En el Mundial de Qatar de 2022 se mezclaron protestas por las condiciones de trata laboral contra personas migrantes, y derechos humanos de mujeres y comunidad LGTBIQ+.

De ahí que las manifestaciones que diversos colectivos y familiares de personas desparecidas realizan en el corazón de las ciudades de Guadalajara, Monterrey y la Ciudad de México no buscan boicotear la gesta deportiva, sino dar a conocer la crisis humanitaria en la que vivimos. Para ello emplean diversas estrategias, como la llamada “cascarita por nuestros desaparecidos”, promovida por el Colectivo Luz de Esperanza en Jalisco. Donde invita a la ciudadanía a jugar futbol en la vía pública, nombrando aquellas personas ausentes. 

Otro ejemplo es el testimonio que subió a su perfil de Instagram Al Jazeera en español, de Gustavo Hernández, padre buscador de su hijo Abraham Zeidy Hernández del Razo. En su mensaje dirigido a la selección mexicana de futbol les sugiere un simple gesto de empatía para visibilizar el profundo dolor que padecen miles de personas que buscan a sus familiares desaparecidos. Gustavo está consciente que la solución de este delito no le corresponde al equipo tricolor, sino al gobierno mexicano. No obstante, les pide algo más sencillo, que insten a las autoridades a no reprimir sus manifestaciones y su derecho de búsqueda.

En el México contemporáneo, el derecho a la felicidad no está constitucionalizado. Sin embargo, podemos intentar ser felices, tal y como lo demuestra el fervor popular por nuestra selección, sin olvidar que como afición debemos abrazar la búsqueda de cada una de las personas desaparecidas en este país.

 

*Director del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia Francisco Suárez del ITESO

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jl/I

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