Históricamente, la realización de grandes eventos deportivos o de encuentros musicales genera, por un lado, grandes gastos de inversión en infraestructura, promoción y logística, y por otro lado una fuerte derrama económica en el corto plazo, especialmente por el gasto que realizan los visitantes.
Sin embargo, esto se está modificando sustancialmente: el negocio que suponen eventos tiende a concentrarse en enormes empresas, dejando de permear hacia los pequeños comercios, hostales y proveedores de servicios turísticos. Asuntos tales como el mercado de los boletos de entrada a los partidos, los pagos por los derechos de transmisión de los encuentros y sus repercusiones sobre las posibilidades de que los establecimientos los transmitan, el gigantesco negocio de las apuestas y el peso de los patrocinadores, todo controlado desde la FIFA, refiere une especie de Estado dentro del Estado, en el que un gran corporativo privado (la propia FIFA) regula y cobra por todo lo que tenga que ver formalmente con el Mundial. Se trata de un mercado casi monopólico, centralizado globalmente.
El futbol también refleja la dicotomía desarrollo-subdesarrollo propia de la dinámica económica internacional. En la periferia existe una gran cantidad de países que “exportan jugadores” hacia las ligas de los países centrales (Alemania, España, Francia, Italia e Inglaterra, principalmente), en donde se concentran las mayores ganancias del negocio futbolero. Alrededor de 450 de los mil 248 jugadores participantes en el mundial juegan en clubes europeos, en países distintos a los de su origen, mientras que menos de 350 juegan en el país de su nacionalidad. Estados Unidos y Arabia Saudita tienden a replicar este modelo mientras que en el resto del mundo el objetivo central de los clubes es el de vender “colocar” sus jugadores en los países centrales.
En esta dinámica los mundiales se convierten en una especie de “expo mundial” para la venta de piernas, aunque se anuncie como una especie de representación de los sentimientos nacionales en la competencia mundial.
Otro fenómeno global que se representanta claramente en el futbol es la economía de la especulación, con todos los riesgos que implica, centrada en este caso en la promoción exacerbada de la ludopatía con todo tipo de apuestas. En términos generales, desde la gran crisis económica de 1929 hasta la de 2008, el juego especulativo alimenta la incertidumbre y los riesgos de crisis mayores. En este caso, los riesgos no están en las crisis nacionales, pero sí en la pérdida de recursos e incluso del patrimonio de grandes contingentes de hogares.
En suma, lo que en principio podría y debería ser un sano gusto por el deporte, el esparcimiento y cierto relajamiento, se está convirtiendo en su antítesis y en un reflejo de cómo funciona la economía del mundo. Ojalá pudiéramos disfrutar del futbol como lo que se nos anuncia qué es y no como el proceso de grandes negocios especulativos, concentración internacional del poder y manipulación social en que realmente se ha convertido.
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