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Deuda histórica

Ya es tiempo. En realidad, debió serlo hace mucho. Pero hoy, como nunca antes, la aritmética parece favorecer a las mujeres en la elección de la persona que encabezará la Secretaría General de las Naciones Unidas. El portugués António Guterres está por concluir su segundo periodo al frente del organismo internacional y, este año, Latinoamérica concentra a la mayoría de los aspirantes que buscan sucederlo.

Hace unos días, en Ginebra, Suiza, se organizó un debate entre los candidatos y los encabezados de la prensa internacional se enfocaron en el peso de los perfiles femeninos: Michelle Bachelet, de Chile; María Fernanda Espinosa, de Ecuador, y Rebeca Grynspan, de Costa Rica. La lista la completan Rafael Grossi, de Argentina, y Macky Sall, de Senegal, el único aspirante que no pertenece a la región.

En los últimos 80 años, la ONU ha diversificado su labor hacia áreas que abordan problemáticas relacionadas con la niñez, la salud, los derechos humanos y las mujeres, entre otras, además de promover la paz entre los pueblos, una misión que parece cada vez más compleja en un mundo marcado por conflictos constantes.

¿Podría una visión de género marcar la diferencia en un organismo que nació para velar por la paz entre las naciones? ¿Podría una mujer aportar una nueva perspectiva a la resolución de conflictos diplomáticos? Para muestra, un botón mundialista: la delegación de Irán encontró en México un refugio temporal después de que el gobierno estadounidense le negara hospedarse en las sedes donde disputará sus partidos.

Este año, las mujeres que aspiran a la Secretaría General de la ONU plantean una renovación profunda. Consideran que, pese a su relevancia, el organismo se ha convertido en una institución más simbólica que operativa para la resolución de conflictos entre las naciones.

Espinosa propone actuar con valentía para transformar la organización en lugar de limitarse a gestionar su declive. Grynspan, hija de refugiados de la Segunda Guerra Mundial, ha hecho de la paz su principal bandera y sostiene que la confianza en la ONU y en las instituciones internacionales se está erosionando. Por su parte, Bachelet plantea una reforma para convertir al organismo en una institución más ágil, responsable y eficiente, basada en el diálogo y la construcción de consensos.

Todas las aspirantes cuentan con experiencia dentro del sistema de Naciones Unidas. Grynspan se desempeñó como secretaria general de ONU Comercio y Desarrollo, mientras que Espinosa fue presidenta de la Asamblea General de las Naciones Unidas entre 2018 y 2019.

Bachelet, además, fue la primera directora ejecutiva de ONU Mujeres en 2010 y posteriormente alta comisionada para los Derechos Humanos. No es casualidad que su candidatura cuente con el respaldo de Brasil y México.

En la elección que llevó a Guterres a la Secretaría General se registraron 13 aspirantes. Este año son solo cinco quienes buscan el cargo: tres son mujeres y cuatro provienen de Latinoamérica. ¿Será que los diplomáticos latinoamericanos han perdido interés en la ONU o que escasean los perfiles de altura en la región?

Desde hace ocho décadas, el organismo opera como una herramienta de diálogo internacional. En todo ese tiempo, solo un latinoamericano ha ocupado la Secretaría General: el peruano Javier Pérez de Cuéllar, entre 1982 y 1991. Ninguna mujer, sin embargo, ha recibido hasta ahora la confianza para dirigir la organización.

La ex presidenta de Chile fue clara y directa cuando se le planteó la posibilidad de que Estados Unidos, miembro permanente del Consejo de Seguridad, pudiera vetar su candidatura, entre otras razones, por su postura a favor del aborto: “Si alguien me veta porque creo en la democracia, porque creo en el multilateralismo, porque creo en los derechos de las mujeres y porque creo en los derechos humanos, la verdad es que me sentiría honrada”.

La pregunta no es quién está lista para dirigir la ONU; la pregunta es si la ONU está lista para ser dirigida por una mujer. Ya es tiempo.

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jl/I

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