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‘Malacría’

Como con la pregunta elemental acerca de la percepción, me pregunto qué pasa con los recuerdos compartidos cuando una de las personas involucradas comienza a olvidarlo. Cuando la memoria que constituye un hecho como verídico, la memoria relacionada con nuestro origen, por ejemplo, es el árbol que se cae en medio de la nada y nadie lo escucha. 

Quiero creer que en ese vaivén de quien recuerda y quien olvida hay algo similar a la objetividad. Algo se acerca a la realidad cuando dos recuerdan el mismo hecho emocional significativo. Le otorgan cuerpo, lo hacen, pues real. Le dan sustancia.  

Sobre la fragilidad con la que estos se desmoronan es de lo que habla ‘Malacría’, de la autora mexicana Elisa Díaz Castelo. El libro se publicó este año en Sexto Piso.  

La historia en realidad aborda un tiempo breve en la vida familiar de una hija y su madre pero, al mismo tiempo, alcanza a echar un vistazo sobre cómo, generación tras generación, tres mujeres compartieron la oscuridad secreta y silenciosa del trauma. 

Ele, la protagonista, se enfrenta a otra desaparición de su madre, una mujer que debido a la fragilidad de su salud mental suele escaparse de casa para no volver en algunos días. 

Cuando comienza el libro, hacía tiempo que esto no pasaba. Perla, su madre, había estado tomando sus medicamentos como se le requería. Sin embargo, esta vez, no deja rastros, parece que se ha ido, definitivamente a cruzar el umbral hacia otro mundo que juzga mejor, más bueno. 

En su búsqueda, Ele comienza a reunir sus propios recuerdos de la infancia, los episodios de demencia de su abuela y la indiferencia y distancia de su madre para con ciertos recuerdos. 

En el presente, Perla vive en pareja con una mujer y habla poco del pasado, está cansada de cómo tuvo que cuidar casi toda su vida –a su hija en la infancia y luego a su madre enferma–. Ahora en suma parece que es feliz, que es amorosa con los perros a los que cuida y con la pareja que escogió. Ha encontrado algo similar a la estabilidad. 

Pero en esta desaparición, sus seres queridas comienzan a notar algunos cambios, faltas, alucinaciones y otras señas que podrían interpretarse con preocupación. 

En esos señuelos hay una reflexión interesante y poderosa sobre la maternidad y sobre cómo esas herencias incidentales, las que uno no puede pedir como no puede pedir en dónde nacer, pueden ser al mismo tiempo un yugo y una forma distinta de unirnos con quienes amamos desde la compasión y el entendimiento. 

El acontecimiento de este libro es que todo lo que Perla había estado guardando con tanto celo, con tanto peso y en silencio, por fin se revela. Y esa revelación accidental no trae, como suele retratarse en la ficción, una mejora, un alivio, un parteaguas sencillo. La realidad, la verdad, no siempre es sensible. Es, a veces, un dolor inédito, nuevo. Pero cierto. 

Nadie elige las huellas que quedan en el cuerpo tras las heridas, pero es lo que hacemos con ellas lo que puede provocar relaciones más duraderas. Basadas en la verdad. 

Eso para mí es la fortuna de este libro, la voluntad de los personajes para desentrañar lo doloroso, lo oscuro, lo secreto que sostiene el trauma y que lo va perpetuando por generaciones cuando se sigue ocultando o guardando debajo de la alfombra. 

Todo eso se transforma y se hace transitable una vez que se transforman también las ideas más comunes sobre las familias y las lealtades que les juramos a veces inconscientemente. La maternidad y todos sus horrores, así como el abuso, no es una experiencia individual porque siempre la comparten también las hijas y los hijos, los otros que están ahí también experimentando el abandono, el miedo. El hambre. La felicidad, la plenitud. El crecimiento desde que son niños. 

Pero nada de esto es irremediable, nadie es por siempre malacría. 

X: @alecarrillogl

jl/I

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