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Del deseo y el abuso 

Hace apenas poco más de una semana se publicó a nivel internacional La mitad de su edad, la primera novela de ficción de Jennette McCurdy. El lanzamiento fue largamente esperado: desde mediados del año pasado el libro aparecía, casi de forma unánime, en las listas de lecturas imprescindibles para 2026. No es casual. McCurdy es una figura central de la televisión infantil estadounidense que irrumpió en el ámbito literario hace apenas un par de años con un libro de autoensayo, Me alegra que mi madre haya muerto, en su traducción al español.

En ese primer libro, McCurdy desmontaba el complejo andamiaje de abusos que sostiene la industria del entretenimiento infantil en Hollywood. La obra permaneció durante meses en las listas de los libros más vendidos en Estados Unidos. Allí la autora se abrió en canal: narró su trastorno alimenticio, el abuso emocional vivido en su entorno laboral y, sobre todo, la violencia sistemática ejercida por su madre para que ella encarnara un sueño que nunca fue propio.

En esta novela, sin embargo, McCurdy recurre a la ficción. Lo ha subrayado con insistencia en entrevistas: esta historia no es la suya, aunque se parezca tanto. 

La mitad de su edad se centra en un momento decisivo en la vida de Waldo, una adolescente marcada por el miedo al abandono y por la incapacidad de sus padres para ofrecerle un entorno seguro. En la preparatoria, Waldo descubre su atracción sexual por su profesor de escritura creativa: un hombre cercano a los cuarenta, casado y con un hijo pequeño, que se revela poco a poco como un escritor frustrado, resentido con su vida y con las decisiones que lo condujeron hasta ahí.

Waldo inicia los acercamientos. El profesor opone una resistencia mínima, casi decorativa, antes de aceptarlos y comenzar, muy pronto, a sacar provecho de la situación.

Esta historia ha sido contada muchas veces: la de la joven que apela a un deseo casi primario de validación y afecto, que termina desbordándola en una etapa que debería estar destinada al aprendizaje y al crecimiento. Lo que estos relatos suelen ocultar es que, mientras el discurso dominante responsabiliza a ellas de su propia caída, son ellos quienes ejercen el control, atraviesan los cuerpos y capitalizan la desigualdad.

El libro de McCurdy es distinto porque no niega el deseo de su protagonista. No la despoja de agencia ni limpia la experiencia para volverla digerible. No embellece el relato para convencernos de que Waldo es una víctima: lo expone sin atenuantes, como algo vivo, incómodo, pulsante.

Porque ese deseo -como la literatura lo ha mostrado desde hace más de un siglo- existe. Es parte de la experiencia de muchas mujeres en una cultura que permite, e incluso celebra, que hombres adultos se vinculen sexual y afectivamente con mujeres de la mitad de su edad.

A esa narrativa ampliamente tolerada, McCurdy contrapone una verdad menos narrada: estas relaciones suelen ser breves y casi siempre concluyen con una revelación de patetismo. Los hombres que buscan vínculos con adolescentes no son figuras trágicas ni transgresoras, sino sujetos emocionalmente inmaduros, incapaces de sobresalir incluso en las reglas que históricamente los han favorecido.

Ahí reside la fuerza de La mitad de su edad: en cumplir la promesa de su espera y en abrir un espacio narrativo distinto para quienes, con el tiempo, logran nombrar -y abandonar- este tipo de abuso.

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jl/I

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