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Mirar un mundo hermoso

Hay muchas formas de definir lo que distingue a la literatura de Sally Rooney. Sus personajes son actualísimos, no fueron escritos con romanticismo, ni siquiera con un afán especialmente intelectual; siempre escapan del destino binario de su identidad de género, suelen ser individualistas y caprichosos, incoherentes, están impulsados por la acción y, al mismo tiempo, el drama de sus vidas se encuentra subordinado siempre al drama humano que habita en nuestras relaciones. Es una literatura emocional. Mental. Hay quienes dicen que es la Shakespeare milenial.

Por eso a partir de lo que pasó el domingo sentí que no podía leer a otra autora.

Elegir qué leer en tiempos difíciles no es sencillo. Aunque pareciera que buscamos distraernos, salirnos del mundo para entrar a otro más benévolo y más breve, escoger un libro es también buscar una respuesta, siento que en toda novela existe esa posibilidad. 

Y eso que he leído todos los libros de la irlandesa. Sentía que necesitaba de su estoicismo transparente –a veces cómico, a veces profundamente conmovedor– porque retrata las miradas y las angustias punzantes de nuestra generación: sus dilemas éticos, los conflictos sociales que nos rodean, el horizonte de la izquierda como faro para la libertad.

El último que me faltaba era ‘Dónde estás, mundo bello’. Ese elegí.

La novela sigue la historia de dos amigas distanciadas por los caminos que tomaron sus carreras profesionales. Fueron compañeras de casa durante la universidad. Después, Alice se convirtió en una celebridad literaria a través de sus novelas, mientras que Eileen comenzó a trabajar en una revista literaria cuyo sueldo apenas alcanza para pagar el alquiler.

Estos días –desde el domingo– me adentré durante horas en su mundo, en la manera en que su amistad se fractura a partir de una tragedia: Alice atraviesa una emergencia grave de salud mental que la lleva al hospital y Eileen, herida por desatenciones previas, no sabe cómo salvar la distancia que se instala después.

En el presente que retratan sus correos electrónicos, ambas intentan acortar esa lejanía sin saber por dónde empezar. Se sienten solas, incomprendidas. Absurdas e incapaces en una actualidad marcada por la violencia y la injusticia. En este marco ninguna logra sostener relaciones sexoafectivas sanas. Ninguna encuentra respuestas frente a lo que la adultez vuelve agotador: un mundo en guerra, voraz, hambriento de nuestros cuerpos enfermos y de nuestra productividad. El mundo parece, en suma, oscuro. Insondable, como el nuestro. Ahí me reconocí.

Este domingo, en Guadalajara, todos fuimos parte –nos guste o no– de una realidad que a veces insistimos en no mirar. No ahondaré en ello: no tengo las respuestas que una situación así exige. No la comprendo del todo. Pero sí comprendo que hemos cultivado un terreno fértil para la desesperanza.

Los valores heredados por las generaciones anteriores se desvanecieron sin que pudiéramos sustituirlos por algo parecido a la fe. Y el cinismo –que prometía una lucidez crítica para cambiarnos– tampoco nos salvó ni nos dio fuerza. Toda esa información, todo aquello que creímos puro intelecto, terminó convirtiéndose en tristeza, angustia y soledad.

Las emociones complejas, los silencios prolongados, el abatimiento constante que atraviesa la novela no son exageraciones: son un espejo.

Sin embargo, lo que más me conmovió de esta novela fueron los episodios breves en los que ambas protagonistas coinciden en instantes mínimos de gozo: caminos hacia la playa, vistas al mar, mesas compartidas donde la comida se parece al cuidado. Momentos en los que Alice y Eileen alcanzan a vislumbrar, de pronto, un mundo bello.

Y como ellas, quiero pensar que vale la pena sobrevivir a todo esto para verlo. Aunque sea fugaz. Aunque la sospecha pese más que la certeza.

Preguntarnos dónde está ese mundo bello y qué papel vamos a asumir como sus habitantes acaso sea la tarea más urgente que tenemos. Quiero creer que sí. Creerlo me ayuda a mantenerme despierta y hoy más que nunca lo necesito.

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jl/I

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