Leí ‘Fiebre’ de Gabriel Wolfson esta semana. Fue como entrarle a un crucigrama en donde hay pistas y hay sentimientos, usualmente ocultos en anécdotas y figuras metafóricas, pero nunca hay acciones concretas.
El momento en que el autor relata el rompimiento de una relación, la incapacidad casi física de resolver algo dañado hasta sus cimientos, ha dejado de necesitar o de provocar acciones concretas.
Al entrar al libro, la lectora o el lector no puede penetrar del todo lo ocurrido, solo el sentimiento de desolación. La relajación que ocupa el cuerpo cuando ya no importan las razones ni las peleas, ese es el centro del relato.
Lo que pasa es que un matrimonio ha acabado. Y el templo sagrado de ese matrimonio, el estudio-biblioteca de la casa compartida, ha sido infestado por termitas.
El diálogo interno, apenas separado por la puntuación, es como agua que cae en un chorro, comienza con la decepción de encontrar lo poco especiales que son las termitas que han atravesado la duela de ese espacio un día querido y celebrado, hoy el triste escenario de un alargado final. Son tan comunes en las casas, acaso como la separación o el divorcio.
Gabriel Wolfson recrea en el libro una conversación interna que sucede sobre todo muy cerca del fin de esa relación, probablemente -aunque esto es pura intuición mía- del momento en el que las palabras se cruzan solo para ir retirando las cosas. El texto está encriptado en metáforas acerca de la naturaleza del desgaste, especialmente el desgaste provocado por las termitas, pero supongo que también el desgaste que experimentan las parejas después de un tiempo.
El personaje, la voz principal, en este caso, divaga en el texto. Y se entretiene en esos detalles de apariencia inútil acaso para no pensar en lo principal, en eso que duele pero que apenas se menciona directamente.
Uno hace eso porque casi nunca entiende los finales. Es duro aceptar cuando hacerlo de hecho ni siquiera tiene sentido. Algo se acabó y no hay más, por mucho que uno intente jugar con la plasticidad de la historia que acaba de vivir, no se puede hacer mucho más. No sirven las explicaciones, ni la lógica, ni la justicia.
A los lectores nos deja en ascuas, heridos, como él, quizá. Sin acabar de entender por qué se está acabando todo. Qué sentido tienen las termitas que invaden un espacio construido palmo a palmo por alguien a quien ama.
Qué importa por qué tipo de especie si fue tocado por extraños, qué importa si ya fue verdaderamente mancillado. Pero henos aquí, profundizando acerca de todo eso junto con el protagonista.
Hay una metáfora que sobresale por encima de todas: la del lenguaje. Ahí está también oculto el dolor. En varios momentos el autor propone un paralelismo importante, que nadie puede dejar de creer en Dios si no ha creído antes en él.
Y luego otra: que, aunque lo quiera, el ser humano tampoco puede desaprender a leer. Una vez que lo hace no puede ignorar las palabras que se le presentan todos los días y le dan forma a la memoria, al mundo.
Me han quedado esas dos visiones grabadas en la cabeza.
El lenguaje, cuando se ha acabado el sentimiento, la base de la relación, es todo lo que queda con los que se quedan, la retórica: las formas en las que narramos el pasado.
Supongo que de eso se trata intentar entender el derrumbe de una relación. Supongo que también por eso a veces no importa el final, porque quedan las palabras casi como destino, el lenguaje en común, los nombres que les damos a las cosas en pareja.
La premisa de la divagación de este libro es, en suma, que no se puede hablar de un matrimonio a posteriori, porque como tal la realidad de ese matrimonio es impenetrable. Lo único que alcanzamos a tocar es el recuerdo, la huella, apenas, de lo importante que fue todo eso para uno. Ese dolorcito que permanecerá a pesar de todo.
El libro fue editado el año pasado por Impronta Casa Editora. Fue impreso con métodos tradicionales y formado en linotipo, máquinas cada vez más escasas en Jalisco, respetando y reconociendo a todos y todas las involucradas en los oficios del libro.
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