Una tarde de clima raro nos sentamos a leer ‘El Accidente’, un librito publicado por Libros del Asteroide de la escritora española Blanca Lacasa. Lo acabamos en una hora y media. No solo porque es relativamente corto, apenas más de cien páginas, y está escrito con la cadencia de un torrente, con pocas pausas y cortes, sino porque es adictivo.
Y la historia es una experiencia que todos podríamos sentir familiar. Dos personas, un hombre y una mujer, ambos con sus respectivas parejas en casa, se encuentran de manera fortuita y, pronto, descubren que les invade una atracción arrasadora mutua que transforma, al menos por un tiempo, su mundo.
Esa atracción es intoxicante. Habita en el mundo de la narradora con mucho placer, el de las cosas nuevas y deslumbrantes, pero también con mucha angustia, implicada siempre en ese tipo de circunstancias. La incertidumbre de no saber si uno será elegido, si uno es siempre elegido.
La protagonista, que narra el acontecimiento en el libro, lo hace con sufrimiento -el hombre objeto de su deseo además vive en una relación seria con un hombre-, porque lo que mira a veces con distancia de pronto cobra el matiz de lo imposible. El amor no concretado y la incapacidad de imaginar juntos un futuro en común, lo suficientemente satisfactorio del deseo, son en ocasiones dolorosos.
El libro no muestra un desenlace satisfactorio para una situación como esta. No es el objetivo. Usualmente, en la literatura en la que se construye el andamiaje del deseo de manera tan detallada, desde las intenciones de la víctima de ese sentimiento, suele resolverse de forma muy clásica. El anhelo funciona en la ficción muchas veces como un estímulo para el lector que se verá liberado y, por lo tanto, satisfecho, cuando la relación esperada y sufrida se concreta.
Pero la vida casi nunca es así.
No lo digo como una fatalidad.
Vivimos en un momento raro de la historia en donde cumplir nuestros deseos, la medida en la que podemos cumplirlos y llevarlos a cabalidad, es la medida de nuestro valor como personas en una sociedad. No cumplirlo, no culminarlo, es solo un signo de fracaso.
He pensado mucho en el valor que tiene sufrir, si es necesario, la imposibilidad. Atestiguar al otro caminar de su deseo en nombre de otra cosa.
Lo poderoso que es el anhelo y cuánto hay de él en nuestro relato del mundo.
Saber que, a pesar de lo doloroso que sea, nos sobreponemos a un amor imposible, al deseo inconcluso y que, de hecho, dejarlo ir de alguna manera nos dará otra fortaleza, me parece que es una experiencia (¿una cualidad?) humana que debemos apreciar más que nunca.
Por eso el abordaje de ‘El Accidente’ es revelador y hermoso en su simplicidad. Darle su justo lugar en nuestra historia al deseo roto e incumplido. A los amores fracasados, los que no fueron, al desenlace de la visión apasionada del otro, a su ritualidad universal, incluso quizá al lugar importante que ocupa en nuestra definición como humanas.
Todas nos hemos enamorado así, sin remedio, accidentalmente, y todas, también, nos hemos sobrepuesto a eso, hemos seguido la vida, nos hemos hecho más fuertes, más afiladas, más complejas.
En el clima de violencia sexual y de crecimiento de los discursos que proponen que las personas que deseamos nos deben algo a cambio (explicaciones, cortesías, respuestas, reciprocidad), recordar la importancia de vivir ese deseo con cuidados y ética a pesar de la decepción, me parece, cuando menos, necesario.
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