Una regla que tengo para los estudiantes de mi clase en la Escuela de Artes es que no importa a dónde vaya una discusión o un debate, no podemos usar el argumento de que algo en el comportamiento humano sea “natural”.
No creo que exista tal cosa. Que una circunstancia biológica determine la forma en la que andamos por el mundo es una convención, no un designio inamovible.
Una de esas convenciones es la mirada y de esto han reflexionado muchos y muchas a lo largo de la historia del pensamiento. Una de ellas, Estela Sánchis, que publicó en 2025 la novela ‘Hasta aquí todo va bien’, su debut literario en la editorial Candaya.
El libro es relatado en varios episodios en donde el personaje principal, Estela, una artista española explora a través de las artes vivas y el performance formas de mirar. Hace obras en las que observa a sus vecinos y se deja observar, dialoga acerca de sus intereses teóricos: la tensión eterna entre el sujeto que mira y el objeto al que miran. Ese desequilibrio.
En principio parece que está interesada solo en las zonas grises del comportamiento “ético” en las que se posiciona como artista: los límites de la intimidad, el voyeurismo, la intromisión y la violencia. La incomodidad de la compañía mediada por la evidente desigualdad y el contacto, a lo fácil que es transgredir el espacio del otro o de la otra: de atravesar su cuerpo, incluso, con la facilidad de la voluntad pura.
En la novela, Estela se encuentra escribiendo esto en una residencia artística lejos de su país de origen. Hasta entonces sus estrafalarias exploraciones habían ocurrido como experimentos con hombres que aparecían como extraños en su vida y que ella fue poco a poco dejando entrar a su casa. Ahora busca dar un paso más y al hacerlo, transgrede algo que no puede devolver a su lugar de origen.
En el libro hay siempre un aire de tragedia. Parece que el personaje principal ha aceptado en suma su suerte: la de ser una especie de recipiente transparente a través del cual los otros y las otras miran. Al haber sido designada como mujer al nacer, parece, ese es el único papel que desempeña. La observan constantemente a tal punto en que ella misma ha aprendido a escrutarse frente al otro.
Si bien ha descubierto que su práctica artística puede convertirse en una herramienta de subversión de este rol. A través del análisis de esa experiencia asignada de manera inamovible por el género, se permite convertirse ella en un sujeto que, ahora, observa y transgrede si así lo quiere. En sus obras a veces ejerce una forma de poder y, pronto, una forma de violencia, un afán de quitarles algo.
Esto causa un enredo. Quizá porque, aunque sus obras son experienciales y se viven en el cuerpo y en la vida, no dejan de ser formas de simulacros. Al entrar en ese juego con otra persona ella irremediablemente también es usada, es mirada, es violentada, literalmente.
Por eso hay un aire triste. Un reflejo que devuelve su imposibilidad de escapar, por más que lo quiera, del lugar del objeto.
Un pasaje en el libro lo describe mejor, creo. Uno de los personajes con los que Estela hace la residencia artística, en un momento, se siente atrapada en la versión más visceral de su deseo. Recuerda en concreto una escena erótica en la que se vio envuelta con dos mujeres y que incluso ahí no pudo evitar pensar en la imagen que proyectaría hacia un hombre. El diálogo es triste. El personaje se pregunta cómo sería su deseo si no estuviera marcado por la sociedad que ya la ha catalogado.
Esa, por supuesto, es una pregunta imposible.
De hecho, creo que todo el libro está construido a propósito de paisajes imposibles.
No sabemos cómo sería ser mirados y mirar de otra forma, despojados del afán de vigilancia y de catalogación, pero creo después de terminar el libro que el mismo ensayo vale la pena a pesar de que muy probablemente el contraste con lo que realmente somos, con lo que se queda después del simulacro sea oscuro e incómodo. De esa materia es que están hechos los grandes cambios, ¿no es cierto?
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