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Un tal Juan Kraeppellin

En 1986, Rubén Darío publica ‘Los raros’, una colección de semblanzas de escritores excéntricos. Elige a veintiún autores poco difundidos -casi todos franceses- y los presenta con una admiración que no busca el equilibrio crítico debido a la fascinación que le merecen sus obras. De esta larga lista, reconocemos en el canon actual algunos pocos nombres: Allan Poe, Verlaine, Bloy, el conde de Lautréamont, Ibsen, José Martí. Hoy, el libro se deja leer más bien como una oscura declaración de principios, donde el poeta retrata por identificación sus obsesiones, es decir, su propia rareza: la ansiosa búsqueda de la forma perfecta, el dolor imaginario que sufre el artista atormentado, el malestar de la cultura frente al vértigo de la naciente modernidad. Es, a su modo, la galería de una época en crisis donde los géneros y las etiquetas culturales se rompían ante sus ojos, un espejo literario roto en el que el poeta nicaragüense se mira al hablar de los otros. 

No sé qué nombres hubiera incluido el vate nicaragüense si en lugar de escritores hubiera decidido retratar a artistas plásticos. Quizá la idea revoloteó en su cabeza. No lo sabemos. Lo que sí sé es que una lista así tendría tantos o más candidatos, no porque haya en las artes plásticas más personajes raros, dignos de una semblanza a partir de sus defectos, poses o declaraciones, (que quizá los hay, pero esto no es una competencia), sino porque la rareza de quienes producen arte se ha naturalizado desde entonces como una condición, ciertamente, incómoda, pero necesaria. En efecto, la modernidad, en su afán de cambio perpetuo, suele prestar atención, entre otras cosas, a lo que se sale del molde, a lo que no encaja, a quienes muestran su capacidad de desentonar, habilidad que a veces es solo una moda, y a veces, una causa en sí misma.

Lo que también sé, por otra parte, es que en una hipotética lista que incluyera a los raros de Guadalajara seguramente estaría Kraeppellin. Juan José Ávila Aceves (Guadalajara, 1948-2009) fue un creador disruptivo y fascinante que dedicó su vida a construir un personaje ‘sui generis’, una causa transgresora en sí misma. Juan Kraeppellin, como solía llamarse, se erigió como icono contracultural y como artista inclasificable en el contexto de una ciudad conservadora como era la capital tapatía en el último tercio del siglo pasado y, como en algunos aspectos, lo sigue siendo todavía. 

Situado en los márgenes, su temperamento contradictorio alternaba entre el bufón urbano y el chamán esotérico obsesionado por el ‘Necronomicón’, el ‘Shabd’ y la alquimia; entre el dandi ‘punk’ que vestía sacos y mallones estrafalarios y usaba pelucas rubias o platinadas que recuerdan a Warhol, y el ocioso al que gustaba observar la ruta lenta de los caracoles ascendiendo en su tina de baño; entre el erotómano que poblaba su arte con seres andróginos, figuras ambivalentes y referencias sexuales explícitas -lo que cuestionó en su momento las barreras de identidades, especies, clases y géneros-, y el narcisista ególatra que se autorretrataba pero que prefería esconderse en la soledad introspectiva. Todos estos atributos discordantes de raíz dadaísta y surrealista, además de su pionera actividad performática, encontraban sentido en un propósito más alto: el de provocar al espectador y transgredir las normas sociales y estéticas, lo que a los ojos de los demás podía tratarse lo mismo de una seria y anti solemne forma de entender el arte que de una mera ocurrencia disfrazada de relajo.

De entre los artistas raros de la ciudad, Kraeppellin tiene el peculiar privilegio de haberse convertido en un icono urbano (tal vez todavía es posible ver su figura tamaño natural plasmada en esténcil en algún muro del centro o de la colonia Americana), y de haber sufrido el robo de algunas de sus piezas en una exposición, lo cual, para estos tiempos, es algo así como una distinción. Darío podría haber escrito para él las palabras que se dedicó a sí mismo: “por mis versos de entonces, fui atacado y calificado con la inevitable palabra «decadente…» Todo eso ha pasado, como mi fresca juventud”.

 

*Poeta y ensayista de artes visuales

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jl/I