En ningún momento de la historia como en este, habíamos pensado tanto en el amor. En qué nos convierte a ojos de los demás.
No que antes no hubieran pensado ya tantas autoras, especialmente desde los feminismos, en todos los sacrificios que hacen las mujeres en relaciones afectivas con hombres, pero creo que ahora predomina el mensaje que, en suma, propone una ley: no dar más de lo que se nos da en las relaciones.
No poner en la mesa el corazón a menos que tengamos absoluta certeza de que estamos recibiendo a cambio lo que merecemos. Lo que cuestan el amor y los cuidados de las enamoradas.
Es tan difícil entrenarnos para eso que me parece curioso que las y los gurús de las relaciones heterosexuales te proponen, prácticamente, no enamorarse, o no demostrar que te enamoraste: no dejarse ir bajo ninguna circunstancia.
Hace poco vi un video de una joven en redes sociales que parodiaba la rutina de una mujer que está entablando las primeras conversaciones con una posible pareja.
En el video la joven se levanta con ánimos y antes de salir de la cama lee el mensaje que él le ha escrito antes de dormir. Continúa su mañana contándole algunos pormenores del día que apenas comienza y él, en algún punto, deja de contestar. Lo que ocurre es entonces un día lleno de angustia. De ansiedad, de poner anzuelos en sus otras plataformas digitales para que él reaccione o conteste o interactúe. El día se va a la basura, es ya incapaz de concentrarse, revisa el teléfono compulsivamente hasta que él vuelve a contestar que estuvo demasiado ocupado, pero la extraña.
Los comentarios a esta escena que para muchas es familiar sugieren que el amor así es una enfermedad mental y pensando en eso es que leí ‘Pura pasión’, de la escritora francesa Annie Ernaux. Este libro se escribió en 1991, la versión en español la publica Tusquets en México. Es un relato breve en donde la autora guarda las memorias de un amor obsesivo que vivió con un hombre casado al que nunca nombra.
Durante el libro, Ernaux hace un recuento de sus emociones desbordadas. De su incapacidad de concentrarse, su obsesión con la llamada para el encuentro y de la apatía que le producen todos los otros planes de su vida que no lo incluyen.
En esta irracionalidad, el objeto de su amor apenas figura. Son poco importantes sus rasgos físicos y sus cualidades emocionales, incluso el nivel de involucramiento que tiene en la relación. El libro se centra en la sed inmensa de una enamorada por el otro.
Lo que me ha hecho pensar Ernaux, Premio Nobel de Literatura en 2022, del cambio de perspectiva acerca de cómo nos enloquece el amor.
Hoy día, creo, es un signo de debilidad. Incluso parece una especie de competencia en la que quien se enamora de manera más evidente o más expresiva es el que va perdiendo o a punto de perder.
Quiero creer que esa experiencia de infatuación, de capricho desmedido por el otro o por la otra, o por lxs otrxs, va más allá de la experiencia sexual, el emparejamiento o la posibilidad de una familia. Es una experiencia que nos demuestra la capacidad de nuestras emociones. Es, en todo caso, una apertura, un descubrimiento acerca de nosotras mismas.
Para Annie Ernaux no hay vergüenza en haber ejercido el amor. En haber caído fulminada por ese deseo al punto de ser prácticamente incapaz de pensar en nada más, incluso en sí misma.
Como suele pasar en este nivel de intensidad, eventualmente el amor pasó. Pero haberlo sentido es, a su visión, un lujo.
Dejo esta cita para mí y para quienes la necesiten en ese bajón inevitable de lo que la pasión provoca: “He descubierto de lo que uno puede ser capaz, que equivale a decir ser capaz de todo. De deseos sublimes o letales, de falta de dignidad, creencias y comportamientos que tildaba insensatos en los demás, hasta que yo misma recurrí a ellos. Sin que él lo sospeche, me ha ligado más al mundo”.
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