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Qué dice una monja del siglo XVI sobre ti

Hace tiempo que venimos diciendo varias mujeres, sobre todo frente al auge de los hombres terribles en Internet, que mejor quisiéramos hacernos monjas. Pero no creo que nunca lo digamos en serio. Es como una declaración de intenciones dirigida a otro lugar. Históricamente los conventos han estado llenos de mujeres que, al menos en el relato cultural, al menos en apariencia, buscaban ese refugio. 

Me he preguntado y nos hemos preguntado a nosotras muchas veces de dónde vendrá esa pulsión. Si viene, de hecho, de la vida de las religiosas históricas como sor Juana Inés de la Cruz, que parecen haberle ganado a un sistema feroz y afilado para poder dedicarle su vida a la reflexión teológica y filosófica, a la poesía y a la escritura en la vida conventual. 

De esta misma pregunta, aunque con una investigación más profunda y compleja en los recovecos de la Academia con mayúscula, es que Ana Garriga y Carmen Urbita, autoras del fabuloso podcastLas hijas de Felipe’, escribieron juntas en una simbiosis preciosa y perfecta de cuatro manos, ‘Instrucción de novicias. Vidas del convento barroco para guiar tu presente’.

Publicado el año pasado en Blackie Books, este libro es una versión muy aterrizada acerca de varias religiosas en la época barroca y las formas estrafalarias y sensacionales en las que sobrevivieron a su tiempo, dejando de ellas una huella imborrable y trascendente que era impensable en un mundo que ha querido tantas veces borrarlas. Sus periplos, sus peleas, sus chistes, sus leyendas y su inmenso deseo de ser recordadas como las santas que a su vez admiraban profundamente son inspiradores, pero sobre todo son una generosa compañía, especialmente en tiempos difíciles. 

Digamos, pues, que este libro es una alternativa al convento, que además no es, por supuesto, como lo hemos idealizado en la modernidad. 

No nos culpo. A veces, de hecho, me siento reflejada en la analogía que hacen las autoras con la vida conventual que se palia a través de la vida intelectual: ambas estudiantes de posgrados extremos en climas extremos que les exigieron vidas completamente apartadas de sus entornos originales, se vieron en una clausura igual de competitiva y privativa que el convento. 

¿Cuál de nosotras no ha estado ahí? 

Estos han sido meses difíciles, estimada lectora. Meses de mucho trabajo. Creo que todas estamos igual. Sumidas en trabajo, en jornadas complicadísimas, pesadas y, a veces, muy solitarias, en las que nadie parece entender cómo se ha dislocado el cuerpo para hacerle lugar a otra hora, a una segunda jornada para equilibrar las finanzas y la deuda, para poder hacer tu hobby, para poder dedicarle tiempo al ejercicio del cuerpo, al maratón que se corre o al libro que se ha abandonado en la mesita de noche. 

A veces simplemente es demasiado. 

Pero tienen razón Ana Garriga y Carmen Urbita cuando dicen que no hay nada que estés viviendo que no haya vivido ya una monja intentando alzar la voz en un siglo donde a las mujeres por ello se las castigaba con la muerte, para tener un espacio en el que pudieran compartir su devoción y dedicarse a la oración y a sus ritos sagrados entre ellas, sin la injerencia del mundo exterior que además era hostil y terrible. La posibilidad, siempre en peligro, de hacer un remanso en la maldita existencia mundana. Me siento reflejada en ello porque también nosotras hemos tejido nuestras redes y aún en los momentos difíciles encontramos solidaridades extraordinarias que hacen que todo esto valga la pena.

Eso hace el libro, en verdad, tejernos un lazo entre siglos con las mujeres que han encontrado fuera de los deberes maritales y esas parafernalias que ha exigido la sociedad de nosotras a lo largo de la historia, un altar de sentido.

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jl/I

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