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Defender las leyes, ¿para qué?

¿Qué le parecería si cada vez que va a iniciar un partido de futbol se avisara que acaban de cambiar las reglas, y que ahora, por ejemplo, sólo contarán los goles metidos con la cabeza, y en la siguiente ocasión avisaran que ahora los goles se tienen que meter con la mano, y así fueran cambiando las reglas en cada partido? ¿O qué pasaría si el árbitro decidiera permitir a un jugador elegido al azar cometer todas las faltas que quiera, y a los demás no se los permitiera, y esto ocurriera en todos los partidos? Probablemente usted dejaría de jugar o ver el futbol. 

Con esto no quiero decir que las reglas actuales del futbol deben permanecer iguales para siempre, claro que no. El juego y la forma de hacerlo evolucionan, y sus reglas deben irse adaptando en consecuencia. Pero para que podamos jugar, los cambios en las reglas deben discutirse colectivamente, para asegurar que siga siendo divertido e interesante el juego, porque todas las personas que participan, en la cancha o fuera de ella, saben qué se vale hacer y qué no, y por eso se puede saber quién es una estrella, porque al competir con las mismas reglas se puede comparar el desempeño de quienes lo practican. 

Esto es tan intuitivo que cuando los espectadores se dan cuenta de que hubo una falta le exigen al árbitro que intervenga, para que aplique la sanción respectiva y se empareje el juego. Esto no evita del todo la trampa, claro está, pero sí nos permite darnos cuenta de cuando ocurre, y salvo muy contados casos, la mayoría de los aficionados no admiran a los tramposos. De un modo u otro, la afición hace que las reglas se respeten para mantener vivo el juego. 

Bueno, pues esto que hacen las personas aficionadas al futbol es lo que la ciudadanía tiene que hacer con las leyes y la Constitución, defenderlas, hacerlas respetar, y en los casos en que sea necesario, participar en los procesos para modificarlas, de manera que respondan mejor a nuestra realidad. Es decir, las leyes y demás normas no son importantes por sí mismas, sino porque reflejen los acuerdos que hemos logrado en nuestro anhelo de vivir en paz y en un marco de respeto. 

Claro, debemos reconocer que la decisión sobre los intereses que las leyes deben proteger y cuáles dejar de lado depende del poder de quienes defienden esos intereses. Las leyes evolucionan en parte porque la distribución del poder en la sociedad va cambiando, y cambia la decisión colectiva sobre los intereses que hay que proteger. Sin embargo, las leyes nos permiten tener claridad sobre lo que podemos esperar o exigir de las demás personas, porque definen las reglas del juego en nuestra sociedad. 

Por eso debemos defender el cumplimiento de la ley, porque nos deja en claro cómo es la cancha en la que jugamos. Y sí, la cancha es dispareja, les da más ventajas a unas personas que a otras, pero saberlo nos permite definir nuestra estrategia de juego. Si las reglas no se respetan, entonces estamos en mayor desventaja, y corremos un mayor riesgo de ver nuestros intereses afectados. 

En el caso de la Constitución, pese a su imperfección, el respeto a sus disposiciones es más crítico, porque ahí están plasmados los acuerdos fundamentales de toda la nación. Esos acuerdos han cambiado a lo largo de la historia, pero son la base para construir y hacer valer otros acuerdos, de manera que su violación, especialmente por parte de los servidores públicos, es muy grave, porque pone en riesgo todo lo demás. 

Estoy de acuerdo con que la Constitución necesita adecuaciones para ser más justa, que tiene contradicciones dentro de sí misma, pero eso no es motivo para no respetarla. 

protagoras_xxi@yahoo.com.mx 

Twitter: @albayardo 

jl/I