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“No fui yo… fue México”

El pertenecer al cuerpo diplomático mexicano, como premio o como medio de exilio o de basurero de políticos del sistema político mexicano, no puede seguir. La dignificación de la tarea del diplomático es un pendiente más en los tiempos de la 4T.

En la actualidad, varios ex gobernadores han sido invitados al servicio diplomático, como el ex mandatario de Sinaloa Quirino Ordaz Coppel, quien ahora se desempeña como embajador de México en España. Otro más es Carlos Miguel Aysa González, ex gobernador Campeche, a quien le ofrecieron ser embajador de México en República Dominicana. A Claudia Pavlovich Arellano, ex gobernadora de Sonora, el presidente de la República la nombró cónsul de México en Barcelona.

Sin duda que el servicio diplomático debe recaer en manos de personas preparadas; ser diplomático requiere virtudes y conocimientos especiales en idiomas, don de gentes, trato, política, vasta cultura general, historia del país que representa y del de su destino, y suficiente conocimiento de la actividad diplomática.

Uno de esos grandes diplomáticos mexicanos fue Gilberto Bosques Saldívar, un ejemplo de la tradición solidaria del pueblo mexicano que llevó a cabo un trabajo humanitario lleno de riesgos y amenazas en la ciudad de Marsella.

Fue un diplomático mexicano que salvó la vida de 40 mil personas durante la Segunda Guerra Mundial, conocido como el Schindler mexicano. Bosques, que nació hace 125 años, fue cónsul general de México en Francia entre 1939 y 1942, años en los que ayudó a los judíos perseguidos por el nazismo y a republicanos españoles que habían huido del franquismo.

En 1939, cuando la República española cayó, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas lo nombró cónsul en París con la intención de que fuera su enviado personal en Europa.

Empezó protegiendo a los mexicanos que vivían en Francia, pero fue ayudando también a otros grupos. Cuando los nazis tomaron París, Bosques huyó y estableció un nuevo consulado en Marsella.

Una anécdota a destacar fue el consejo que le dio al presidente Cárdenas cuando conoció un plan del gobierno mexicano para establecer colonias agrícolas con inmigrantes judíos. Hizo saber al general Cárdenas que no estaba fundado en la realidad ese proyecto de colonias agrícolas, porque normalmente los israelitas se ocupan de negocios que no los arraigan.

El arraigo a la tierra, a la tierra extraña, está fuera de la mentalidad judía. Se ocupan de asuntos industriales, comerciales, de aquello en lo que se puede levantar la tienda y volver al país de origen. En lugar de eso propuso al general Cárdenas que se hiciera un plan donde pudiera caber un proyecto de desarrollo industrial, porque en esos momentos Europa era campo de refugiados israelitas. Había técnicos y elementos que podrían aprovecharse con miras a un desarrollo industrial, y así inició la migración masiva de familias israelitas a México.

Para proteger a más refugiados, alquiló dos castillos en los alrededores de Marsella para alojar a mil 350 hombres y mujeres, en su mayoría españoles, para evitar que fueran capturados por los nazis.

Como cónsul, firmó alrededor de 40 mil visas para que personas perseguidas pudieran abandonar Europa y refugiarse en México. Eran conocidas como las visas bosques.

Cuando el gobierno mexicano rompió relaciones con la República de Francia, tomada por los alemanes, el consulado que dirigía Bosques fue tomado por la Gestapo, y él y su familia fueron apresados. Fue hasta 1944 que fue liberado y pudo volver a México.

Cuando regresó a México en abril de 1944, miles de refugiados españoles y judíos lo esperaron en la estación de trenes de la Ciudad de México para recibirlo como un héroe y lo cargaron en hombros. Él sólo decía: “No fui yo… fue México”.

oceanoazul@live.com.mx

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