La prohibición de los teléfonos celulares en las escuelas se ha convertido en un debate mundial. Francia fue uno de los primeros países en establecer restricciones nacionales y, actualmente, numerosos sistemas educativos han adoptado medidas semejantes. La intención parece razonable: disminuir las distracciones en clase y proteger el bienestar de niñas, niños y adolescentes. En México también avanza esta discusión y varios estados ya han establecido restricciones.
Sin embargo, prohibir el celular en las aulas solamente atiende una parte del problema. Estamos regulando el dispositivo, pero no necesariamente estamos enseñando a las nuevas generaciones a relacionarse responsablemente con el mundo digital.
Quienes actualmente cursan primaria y secundaria pertenecen principalmente a la Generación Alfa. Para ellos, Internet, teléfonos inteligentes, tabletas, videojuegos y redes sociales forman parte de su vida cotidiana. Los espacios digitales también son lugares donde aprenden, conviven, construyen amistades, desarrollan su identidad y adquieren formas de interpretar el mundo. Por eso debemos hablar de socialización digital.
La socialización ya no ocurre solamente en la familia, la escuela o entre amigos. Hoy también participan influencers, videojuegos, comunidades virtuales, videos, redes sociales y algoritmos que seleccionan lo que aparece diariamente en nuestras pantallas. Esto significa que prohibir el teléfono durante algunas horas no elimina la influencia que las tecnologías tienen sobre niñas, niños y jóvenes.
Existe, además, una contradicción que pocas veces reconocemos: los adultos entregamos estos dispositivos a los menores. Madres y padres compran teléfonos, tabletas y videoconsolas, crean cuentas en plataformas digitales e incluso comparten videojuegos con sus hijos. Las tecnologías forman parte de la dinámica familiar. Por eso, cualquier política pública que solamente responsabilice a los estudiantes estará incompleta.
Los datos incluidos en nuestro estudio muestran la magnitud del fenómeno. En dicha encuesta aplicada en julio a estudiantes de secundaria, al preguntarles qué hacían en su tiempo libre, 53.97 por ciento respondió que veía su celular y 33.3 que jugaba videojuegos. Estos resultados muestran que la conectividad ocupa un lugar central en las actividades cotidianas de los jóvenes.
¿Qué podemos hacer entonces?
En lugar de construir una política basada únicamente en prohibiciones, México necesita avanzar hacia la regulación y la educación digital. Las escuelas podrían ofrecer a madres y padres cursos de alfabetización digital y algorítmica, así como orientación sobre riesgos de internet y acompañamiento de sus hijos.
También debemos reconocer otro problema: el uso excesivo o problemático de las tecnologías. México necesita fortalecer sus servicios de salud mental para atender las llamadas adicciones digitales y desarrollar programas especializados de prevención y tratamiento.
Finalmente, la responsabilidad no puede recaer exclusivamente en las familias y las escuelas. Las empresas tecnológicas también deben participar. México puede discutir una legislación que establezca obligaciones de transparencia y supervisión sobre los algoritmos que recomiendan contenidos, especialmente aquellos dirigidos a menores de edad.
El celular no es solamente un aparato: es una puerta de entrada a un nuevo espacio de socialización. La solución, por tanto, no consiste simplemente en apagar la pantalla, sino en enseñar a las nuevas generaciones –y también a los adultos– a vivir responsablemente frente a ella.
*Presidente de la Red Internacional de Investigadoras/es en Estudios sobre Juventud y Profesor Investigador en el CUTlaquepaque UdeG
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