El agua en la Zona Metropolitana de Guadalajara es insoportable. Todos los días hay quejas: está amarilla, huele a caño o a huevo podrido. No mantiene las características que nos enseñaron que debe tener: incolora, inodora e insípida.
Rosa María Enciso y su familia han batallado con el agua sucia del Siapa desde la pandemia de Covid, en 2020, y han gastado más de 40 mil pesos en filtros, pastillas de cloro y detergentes para limpiar el agua, además de pagar su recibo. Pero ni con filtros se han salvado del olor que como ella describe como “a gente muerta”, y les han causado problemas no solo físicos, como resequedad en la piel o caída de cabello, sino también depresión de saber que por más que hagan y gasten el agua sigue apestando cada día.
Evangelina ‘Barbie’ Martínez no sufre por el agua del Siapa porque hace 26 años en su colonia, Lomas del Centinela, olvidaron conectar los tubos distribuidores. Así que ella y su familia hicieron un aljibe para almacenar el agua y cada tres meses lo rellenan pipas que les cuestan 950 pesos. Ellos reciclan. No tienen tubos en lavabos ni fregaderos para que el agua caiga en un balde y la usan para los baños. Además, capta la lluvia, que para ella es una bendición porque sabe que tendrá un poquito de más agua.
Rosy y ‘Barbie’ son dos mujeres que muestran cómo habitantes de esta ciudad hacen el doble de esfuerzo por tener agua digna y de calidad en sus hogares.
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