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¿Y las alternativas?

En colaboraciones anteriores he comentado lo preocupante que resulta la concentración de poder por parte del presidente López Obrador, quien parece estar siguiendo el camino que conduce al autoritarismo fascista. Al respecto, los riesgos que podemos correr con un presidente autoritario amparado en la fuerza del Ejército los podemos vislumbrar si volteamos a ver lo que ocurre en Colombia, en donde el Ejército está reprimiendo a la población civil que decide salir a protestar contra propuestas de gobierno que afectan su bienestar inmediato. 

Otro ejemplo es la crisis que está viviendo El Salvador, país en el que el presidente cuenta con una mayoría legislativa aplastante, de manera ilegal e inconstitucional destituyó y reemplazó a los jueces de la Sala del Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, quienes previamente habían determinado que algunos decretos promulgados por el presidente salvadoreño para enfrentar la pandemia del Covid-19 eran inconstitucionales, y propiciaban el abuso de poder. Y ahora, como los jueces destituidos consideran inválido el procedimiento, en El Salvador hay dos salas constitucionales y una crisis institucional. 

Lo interesante en los casos de El Salvador y México es que la población otorgó su apoyo masivo a sus respectivos presidentes por el hartazgo y la falta de resultados de los gobiernos anteriores para resolver los problemas que consideraba más graves. En ese sentido es comprensible que la población se comporte así: es una apuesta desesperada, puesto que no se quiere que haya pretextos, como el de que la oposición no les permitió avanzar, y por eso no pudieron resolver los problemas. 

Sin embargo, la apuesta es muy arriesgada, y en la región latinoamericana tenemos muy claro que la concentración excesiva de poder a larga trae consecuencias muy graves que usualmente se traducen en violaciones a los derechos humanos, especialmente de las personas más vulnerables. 

En ese sentido, se supone que las democracias electorales deberían permitir compensar los excesos, y por eso en México la Cámara de Diputados se renueva justo a la mitad de la administración presidencial. Aunque en este caso partimos del supuesto de que hay alternativas entre las que el electorado puede elegir. Pero, ¿es así? ¿Tenemos alternativas? Me parece que no. 

La oposición en México se ha limitado, en términos generales, a decir que está en contra de López Obrador, a quien responsabiliza de todos los males que está padeciendo el país, sin reconocer que una parte de esos problemas los provocaron cuando gobernaron quienes ahora son la oposición. Un ejemplo muy claro es la violencia armada, desatada irresponsablemente por Felipe Calderón, con su guerra contra el narcotráfico, sin un plan serio. 

En fin, los ejemplos podrían multiplicarse, pero lo que no se ve es la disposición a reconocer los errores cometidos en el pasado, y mucho menos se propone una ruta para corregirlos, por lo que, en síntesis, en este momento votar por la oposición es votar por volver a la situación inmediata anterior, aquella que muchas personas considerábamos inaceptable. 

No sería raro, entonces, que haya una baja participación en la próxima jornada electoral, a menos que de ambos lados, de quien está con el gobierno, y, sobre todo, de la oposición, se nos presenten alternativas viables para comenzar a resolver los graves problemas que enfrentamos, entre los que se encuentran el gran número de personas desaparecidas, la violencia doméstica contra mujeres e infantes, y los homicidios impunes. Las estrategias para llamar la atención solo sirven si hay alternativas a considerar. 

protagoras_xxi@yahoo.com.mx 

@albayardo 

JB