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Bailar para despertar los sentidos

La danza –cualquier danza– no es un privilegio de profesionales ni de academias. No hay que haber pasado por el ballet clásico, aunque este sea quizá el ejemplo más depurado de lo que voy a decir, para experimentar algo fundamental: cuando una persona baila, sus sentidos humanos se entrenan, se afinan y, muchas veces, se expanden hacia territorios que antes no se conocían.

Porque bailar no es sólo moverse, sino aprender a ser, hacer y conocer de otra manera. Esto no es una afirmación romántica ni una ocurrencia. Es algo que he vivido, observado y acompañado a lo largo de muchos años de práctica, enseñanza e investigación en danza, y que desarrollo con mayor profundidad en mi libro ‘Ser Danza. Burbujas y esferas en la isla del ballet’. Pero aquí quiero decirlo de forma sencilla: bailar cambia nuestra manera de sentir el mundo y de sentirnos en él y con él. 

Pensemos, por ejemplo, en la musicalidad. No se trata sólo de escuchar la música y bailar. Una persona que baila desarrolla lo que podríamos llamar un sentido musical-kinético: la capacidad de volver movimiento lo que suena, de anticipar acentos, silencios y pulsos. Esta musicalidad no se aprende únicamente con el oído; se aprende con todo el ser. Por eso, quien baila suele “entrar” en la música de una forma que a otros les cuesta mucho más trabajo.

Otro sentido que la danza entrena de manera extraordinaria es el sentido del tiempo. No hablamos del tiempo del reloj, sino de una percepción fina del ritmo del acontecer. A este tipo de percepción podríamos llamarla cronocepción. El bailarín aprende a sincronizar su movimiento con el tiempo musical, con el tiempo de la pareja (en los bailes de pareja), con el tiempo del grupo (en las danzas colectivas) y con el tiempo propio del momento escénico o festivo. Es un verdadero tejido de tiempos que se entrelazan y se ajustan continuamente. Lo maravilloso es que, muchas veces, quien baila lo hace sin darse cuenta: el movimiento simplemente acontece y el ser deja de pensarlo.

Hablemos ahora del equilibrio. Solemos pensar que equilibrarse es simplemente no caerse al estar de pie o al caminar. Pero bailar implica girar, desplazarse, suspenderse, caer y volver a levantarse. Todo eso afina de manera muy particular la capacidad de equilibrio del ser humano. El equilibrio en la danza no es rigidez: es adaptación constante. Por eso, convivir con bailarines profesionales permite darse cuenta de hasta dónde pueden cultivarse y expandirse los sentidos humanos cuando se entrenan con paciencia y constancia.

A partir de mi experiencia he llegado a diferenciar hasta doce sentidos humanos, e incluso trece, dependiendo de la fineza con la que se los observe. Además de los sentidos más conocidos –vista, olfato, gusto y oído–, podemos hablar de la mecanorrecepción (la percepción de la presión y el tacto), la termorrecepción (la temperatura de la piel), la musicalidad (que no es lo mismo que oír), la cronocepción (el sentido del tiempo), la propiocepción o kinestesia (saber dónde está y cómo se mueve el cuerpo), la interocepción (la percepción del mundo interno del ser), la memocepción (la memoria corporal) y la nocicepción (la percepción del dolor). La danza no sólo utiliza estos sentidos: los educa, los forma, los con-forma.

Por eso, bailar no es un lujo ni una excentricidad. Es una forma profunda de aprendizaje humano. No importa la edad, el estilo ni el nivel técnico. Basta con animarse a moverse, a escuchar el propio ser, a habitar el tiempo y el espacio de otra manera. Tal vez, al hacerlo, descubramos sentidos que siempre estuvieron ahí, esperando ser despertados.

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