En la actual justa mundialista que se celebra encontramos el argumento perfecto para recordar la importancia del trabajo en equipo y de que cada “jugador(a) de la vida”, metafóricamente hablando, ocupe la posición en la que mejor pueda desempeñarse. Esta sigue siendo una tarea pendiente en muchos ámbitos de nuestra sociedad: aprender a trabajar en equipo.
¿Qué es trabajar en equipo? Es la capacidad de colaborar con otras personas para alcanzar un objetivo común mediante la coordinación de esfuerzos, el intercambio de responsabilidades y el aprovechamiento de las habilidades de cada integrante. Con frecuencia prevalecen actitudes individualistas que dificultan la construcción de metas compartidas.
En el ámbito educativo, seguramente, hemos escuchado frases como “solamente uno de ustedes, o unos pocos, saldrán adelante y para lograrlo tienen que ser mejores que los demás”. Este tipo de mensajes fomentan la competencia entendida como rivalidad en lugar del desarrollo de capacidades personales. Pudiendo abrir la puerta a una visión del éxito basada en triunfar a costa de los demás.
No se trata de ser el mejor, ni de velar exclusivamente por uno mismo. Se trata de reconocer que, cuando colaboramos, somos capaces de alcanzar grandes logros. Así ocurrió con los Juegos Olímpicos de 1968 y con los Mundiales de fútbol de 1970 y 1986.
Estas competiciones también nos recuerdan que el deporte sirve para acercar culturas y fortalecer la convivencia entre los pueblos. Quién gana o quién pierde debería ocupar un lugar secundario frente a la posibilidad de compartir experiencias, aprender de otros y construir espacios de encuentro.
En este sentido, Immanuel Kant sostuvo que las personas deben ser tratadas siempre como fines en sí mismas y nunca únicamente como medios para alcanzar objetivos. Desde esta perspectiva, aprovecharse de otros para obtener beneficios personales resulta éticamente incorrecto.
Esta idea puede complementarse con la reflexión de Hegel sobre la dialéctica del amo y el esclavo. Hegel muestra que las relaciones de dominación impiden el reconocimiento mutuo entre las personas. La libertad humana alcanza su mayor expresión cuando los individuos se reconocen recíprocamente como iguales y dignos de respeto.
Por ello, una de las raíces de la práctica de “pisar a los demás” es creer que el éxito consiste en superar o dominar a otros. El trabajo en equipo nos enseña una lección distinta: los mayores logros se alcanzan cuando las capacidades individuales se ponen al servicio de objetivos compartidos.
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