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Zelig

La recuerdo en fragmentos, como se recuerda a quien nunca fue del todo una. Hubo un tiempo, lejano ya, en que traté a mujeres así. Las reúno en esta sola porque me da pudor separarlas. 

En privado le decíamos ‘Zelig’, por el personaje de Woody Allen que va tomando el rostro de quien tiene enfrente. Lo decíamos con cariño y con burla, en esa proporción con que se quiere a la gente rara.

Mi ‘Zelig’ entraba a una reunión y en una hora ya no era la misma que había cruzado la puerta. Bastaba sentarla junto a alguien que llamara su atención para que empezara la mudanza, imperceptible y lenta. Primero le tomaba prestada una palabra, luego el modo de encender el cigarro, cierta risa que dos semanas antes no tenía. Se llevaba todo abotonado en el saco por unos días.

Había en ella algo de camaleón y algo de espejo. Los espejos no tienen preferencias. Devuelven cada cara con la misma cortesía y no se quedan con nada. Ella era así de generosa y así de hueca. Si a la amiga en turno le gustaban The Cranberries, a ella de pronto también y escuchaba ‘Zombie’ como si la banda hubiera sido suya desde siempre. No compartía el gusto, se lo apropiaba y solo lo soltaba cuando esa amistad se diluía.

Me costó mucho entender que ahí no vivía ninguna impostura. La impostura reclama una verdad guardada en algún cajón y en su caso el cajón estaba vacío. 

A esa mujer la habían domesticado desde esa infancia que jamás me contó. Le habían enseñado, a fuerza de premios y castigos, que la niña que era no bastaba, que en su casa la querían sólo cuando se parecía a otra cosa. Le entregaron el cariño a cuentagotas y sólo a cambio de que desapareciera. 

Así se doma, con el mismo método paciente con el que se reprime a un perro para que no sea lo que es. Aprendió la lección y se borró para ganarse un lugar. 

Los especialistas nombran eso con palabras frías. Para mí es un mande usted escandaloso. Dígame usted quién debo ser esta noche y lo seré con gusto. 

En muchos círculos, a Zelig se le retribuía bien. Una persona que se vuelve el reflejo de quien tiene enfrente no le molesta a nadie… de primeras, claro. Eso se agradece en cualquier mesa, sobre todo si los encuentros son escasos. A la que llega con sus propias manías se le hace mala cara. Borrarse, visto de forma objetiva, se convierte en una jugada astuta. Le abren a uno la puerta y hasta la aplauden por llevarse bien con todos. Lo que se paga por dentro, con una moneda que no compra nada, no lo ve nadie.

Estar a su lado dejaba una sensación difícil de decir. Uno hablaba con ella horas y salía con la impresión de haberle hablado a un cuarto vacío. Se iba de la fiesta esa mujer encantadora y no quedaba de ella un gesto propio que recordar, como una casa amueblada para visitas cuyos dueños se marcharon hace años.

Hace mucho que no la veo, a ninguna. A veces, en una reunión, oigo su risa en la boca de una desconocida y volteo. Nunca es ella. Me quedé con una pregunta que no me suelta, mitad de mujer, mitad de oficio. Si un hueco así llega a llenarse alguna vez, o si es que sólo hay huecos que aprenden a domesticarse mejor.

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jl/I

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