Norma salía en el cuadro de honor. Todos los meses. Su foto en el pasillo de la primaria, peinada de chongo restirado con gel. Tenía cara de haber terminado la tarea del lunes desde el viernes.
Su padre tenía un discurso y lo repetía en la cena. Algún día vas a estar en Harvard, hija. Estudia, destaca, para que si te casas con un hombre que no te conviene puedas largarte. Que ningún cabrón te tenga agarrada de la quincena. Norma asentía. Norma siempre asentía.
Quería ser pintora. O escritora. O directora de un museo, de esos con eco. Luego se embarazó, luego otra vez y la idea del museo se quedó en una pausa perpetua.
Durante un tiempo Norma no supo quién era. Después lo supo. Si la vida le había dado dos hijos y nada más, sería madre de la manera en que otras son neurólogas. Con posgrado. Una mamá profesionalizada.
Se puso a estudiar.
Hoy Norma tiene diplomados en crianza respetuosa, disciplina positiva y apego seguro. Sigue a once psicólogas infantiles en Instagram y a una nutrióloga que cada martes anuncia qué alimento ya no se debe dar. Sabe que el cereal de caja es azúcar con publicidad, que el bebé en brazos no se malcría, que el perro en casa previene alergias o las provoca, según el estudio de la temporada. Educa a sus hijos en casa porque la escuela, dice, no está actualizada. Ella sí.
El mandato no termina en saber. Norma tiene que ser perfecta, tiene que serlo frente a ellos. No grita. Nunca. Cuando siente que va a gritar, inhala cuatro segundos, sostiene siete, suelta ocho y dice con voz de audio de meditación que valida tu frustración, mi amor. Llora en el baño con la llave abierta. Los niños jamás la han visto cansada. Creen que mamá no se cansa, igual que creen que el refrigerador se llena solo.
Su mamá le dice que a ella la criaron a puro grito y gelatina y salió bien. Norma sonríe con lástima, su madre no es una profesional. Las abuelas son, para ella, una escuela sin validez oficial. Y además, si las abuelas tuvieran razón, ¿para qué le servirían todos esos diplomados?
El problema de una carrera es que exige resultados. Los resultados de esta tardan 20 años y tienen voluntad propia. Así que Norma evalúa todo el tiempo. Un berrinche es una mala nota. Una palabra nueva, una felicitación del jurado. Sus hijos, sin saberlo, se volvieron su tesis.
¿Quién la obligó? Nadie. Eso es lo bonito. Ella eligió. Pero el teléfono le habla, los libros le hablan, las otras mamás del parque le hablan. Al fondo, muy al fondo, sigue hablando el señor de Harvard. Destaca. Demuestra. Y Norma, aplicada, contesta lo que contestaba en primaria. Mande usted.
Investigadores que estudiaron el agotamiento de padres y madres en 42 países encontraron que quema más vivir en una cultura donde cada quien responde solo por su éxito que tener más hijos o menos dinero. Norma vive ahí. El marido “ayuda”, que es la forma elegante de decir que la empresa es de ella.
Una tarde su hija le enseña un dibujo. Norma lo revisa con ojo de curadora y le dice que tiene mucho talento, mi amor, que siga así. Luego se mete al baño y abre la llave. Ella también dibujaba a esa edad. Su padre nunca le preguntó si quería ir a Harvard. Ella tampoco le ha preguntado a su hija qué quiere ser. Le da miedo que la niña conteste con su misma voz de primaria, bajita, aplicada, domesticada. Mande usted.
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