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Un sabelotodo

A Yorch lo conocen. Todas lo conocemos. Si no tienes un Yorch en tu vida, felicidades, aunque lo más seguro es que el Yorch eres tú y no te has dado cuenta. Ronda los cincuenta, usa camisa abierta sobre una camiseta blanca, aunque estemos a 30 grados y lo sabe todo. Todo. Y lo sabe el doble cuando la que pregunta es una mujer.

Yorch dicta. Cuando tú hablas, él pone cara de que te escucha, pero solo está esperando que acabes, como en el semáforo, con el pie en el acelerador. En cuanto respiras, arranca a explicarte lo que sea. Le explicó a mi amiga, pediatra con 15 años en el Hospital Civil, cómo se baja una fiebre. Le explicó a mi tía, que lleva medio siglo haciendo frijoles, que hay que dejarlos remojar desde la noche. En una comida nos explicó a cinco tapatías de nacimiento que en Guadalajara llueve mucho en verano. A mí, que vivo de escribir desde hace años, me explicó qué es una nota periodística. Y yo, educadísima, no dije nada. Porque a eso también nos entrenaron, a no decirles nada y solo sonreír.

No es tonto, no. Solo que la inteligencia, para mí, se mide en lo que alguien es capaz de escuchar. Hasta para un chisme se necesitan dos. Uno cuenta y el otro escucha. De ahí sale algo nuevo, algo que ninguno sabía solo. Yorch nunca sale de una plática sabiendo algo nuevo. Sale sabiendo lo mismo, pero más convencido.

Eso es lo que me da risa y luego ya no tanto. Porque Yorch se va de cada reunión sintiéndose el héroe. Que le quedó clarísimo a todo mundo, que demostró de lo que está hecho, que ayudó. Él siente que cada explicación lo hace más firme y es justo lo que lo delata. A quien de verdad está seguro de lo que sabe le basta con callarse o con preguntar. Yorch habla tanto porque el silencio le da miedo. Pobre Yorch. Lleva 30 años dando un curso al que nadie se inscribió y además espera una especie de reconocimiento.

Ahora, ¿de dónde sacó este señor que tenía que saberlo todo? Pues no se le ocurrió solo, ¿eh? Imagínatelo de niño, en la comida del domingo, viendo a su papá explicarle el noticiero a su mamá mientras el noticiero decía exactamente lo mismo. Imagínatelo en la primaria, donde al niño que contestaba rápido le ponían estrellita y al que se quedaba pensando lo mandaban a poner atención. Luego le tocaron trabajos donde el que decía “no sé” se quedaba de achichincle toda la vida. El patriarcado le dio el micrófono a los seis años, le subió el volumen cada vez que alguien le dijo qué listo eres, mijo, y nunca le enseñó dónde se apaga. Así que cada vez que abre la boca para explicarte algo, Yorch está diciendo, sin saberlo, mande usted.

No es suficiente con burlarme de él, aunque me burlo, ni modo. Yorch es sólo un granito en medio de ese machismo que tanto nos amarga a nosotras y que también lo tiene a él trabajando de sabelotodo, sin prestaciones y sin derecho a equivocarse. Yorch nunca pregunta, así que nunca aprende. Nunca duda en voz alta, así que nunca tiene con quién dudar.

Hace unas semanas lo vi en un cumpleaños, explicándole a su sobrino de nueve años cómo se juega Minecraft. El niño, que juega Minecraft desde los cinco, lo dejó hablar. Puso la misma cara que pone su tío cuando finge escuchar y esperó, quietecito y muy serio, a que terminara… Ya se está domesticando.

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jl/I

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