A Juan Carlos Núñez Bustillos. Fuerza, amigo
Vaya que quienes hemos caído en la tentación de los diagnósticos exprés deberíamos asumir un sincero mea culpa por refugiarnos en la comodidad satinada de los lugares comunes. En días pasados, columnistas y analistas de mesas de debate se llenaban la boca hablando del famoso “péndulo ideológico”: la idea de que a un ciclo de izquierda le sigue mecánicamente otro de derecha, repitiéndose así hasta el infinito, con el común denominador del “descontento social” (sea esto lo que fuere).
Esa lectura, plagada de clichés, asume dinámicas como si fueran inmutables y por ello no explican el presente. El votante actual no se mueve por inercias predecibles, sino bajo una lógica mucho más compleja que los esquemas tradicionales simplemente no logran descifrar. La modernidad nos enseñó que la visión binaria es, no solo insuficiente, sino falaz, pues la realidad no oscila de forma mecánica. Es risomática por excelencia.
Primero, en Brasil. Contra todos los pronósticos, Luiz Inácio Lula da Silva se convirtió en el primer candidato en remontar una desventaja de primera vuelta desde la redemocratización de 1985. Con este vuelco, la trillada cantaleta de que Latinoamérica “se corría irremediablemente a la derecha” resultó un fiasco.
Otro lugar común de la analítica política también se hizo añicos: aquel que dicta que el voto se mueve exclusivamente por la “falta de resultados” de los gobiernos. Por pura lógica, el desgaste de la gestión pública debió operar como una muralla infranqueable contra el oficialismo en un Brasil asfixiado económicamente y polarizado. Pero las urnas dijeron otra cosa y Lula logró la reelección de su proyecto.
¿Cómo consiguieron dar la vuelta al tablero sin un milagro financiero que presumir en los bolsillos de la gente? Primero, el progresismo entendió que las derechas alternativas les estaban arrebatando el monopolio de la rebeldía en el ecosistema digital, posicionando su narrativa como supuestamente disruptiva y ‘antiestablishment’.
De acuerdo con Anthony W. Pereira, director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Tulane, las redes pro-Lula movilizaron a más de 10 millones de suscriptores en canales masivos de WhatsApp e Instagram, para crear conciencia sobre lo que estaba en juego.
Además, Lula esquivó los aranceles de Washington transformándolos en una bandera de soberanía nacional que unificó hasta a sectores moderados. Por supuesto que existen más variables en juego, porque como ya he expuesto, los fenómenos electorales son intrínsecamente multifactoriales. Pero estos elementos que consigno funcionan como botones de muestra de todo lo que dejamos fuera cuando insistimos en opinar a las prisas.
En las elecciones de Estados Unidos, aunque se preveía un tropiezo republicano, las proyecciones se quedaron cortas: los demócratas blindaron el Congreso y arrebataron bastiones republicaciones como Texas con Gina Hinojosa. Y ante la narrativa que suele demonizar a los migrantes mexicanos, el triunfo de Xavier Becerra resulta ser un poema.
En lo sucesivo quizá debamos explorar más teorías como la llamada fatiga del caos. Las derechas alternativas han llegado al poder cabalgando sobre el lomo de la disrupción y la rabia. El problema es que una sociedad no puede vivir en un estado de emergencia psicológica perpetuo.
Bien haríamos entonces los columnistas y analistas en repensar nuestros sesudos dogmas y escuchar a la calle. Que, por cierto, también podríamos dedicar en el futuro un análisis de la retórica rancia de ciertas columnas periodísticas en las que persisten ciertas fórmulas gastadas de los años 70 y 80 con frasecitas como “las versiones apuntan”, “el mensaje entre líneas”, “el operador incansable”, “el interlocutor válido” o los “valiosos cuadros”.
BG/I









