En los procesos de construcción de paz uno de los asuntos fundamentales es el desarrollo de capacidades que permitan mantener relaciones constructivas con el entorno. Pero no solo se trata de destrezas derivadas de los saberes disciplinarios, sino de todas aquellas que contribuyen a la subsistencia colectiva como especie (intuición, afecto, protección…).
Para reconstruir los vínculos que nos atan a la Tierra, Bruno Latour propone desarrollar modelos que permitan dar voz y voto a los seres vivos no-humanos. Éstos, junto con las tecnologías y los artefactos, deben poder manifestar los conflictos que mantienen con las agroindustrias, megaciudades o el uso indiscriminado de materiales. Todos los objetos tienen capacidad de agencia. Para encarar los desafíos que caracterizan a la sociedad contemporánea hay que tener claro dónde estamos y cómo queremos habitar Gaia.
Un modelo simulado de “negociaciones diplomáticas” favorece que actores y actantes (auténticos actores sociales como las montañas, las leyes o los aparatos que apuntalan el poder de los humanos) puedan expresar las tensiones que viven, denunciar la irracionalidad con la que operan, reconocer los vínculos y enemistades en torno a los cuales se relacionan, las potencias y los poderes emergentes, los ensamblajes que hay que remover… Si los océanos o una autopista no son capaces de designar a su enemigo, no entran en las negociaciones.
Gaia no es armonía ni es la Tierra unificada. Los territorios existen por las divergencias que los confrontan. Así son los territorios de Gaia. Al monopolio de Monsanto, por ejemplo, es posible contraponerle otros modelos de globalización. Gaia obliga a redefinirnos, a redefinir nuestro lugar común. Las zonas de Gaia son campos de batalla que han desbordado los aparatos de poder convencionales.
Construir lo social es generar el mayor número de conexiones posible, esforzarse en comprender quién y qué participa en la acción. El martillo con el que golpeo un clavo o la tetera donde caliento el agua para el café participan activamente en las interacciones humanas. La teoría del Actor-Red (TAR) creada por Latour se propone modificar y ampliar las formas y figuras asociativas de los participantes en el quehacer humano, mantener vivas esas controversias entre actores y actantes. El oxígeno daña unas formas de vida mientras es oro molido para otras; la fotosíntesis hace que el sol sea fundamental para el mantenimiento de la vida; el clima resulta de un tipo de conexiones entre elementos que se superpone a otros tantos posibles.
Las capacidades sociales básicas son débiles para explicar los complejos entramados sociales. Si la acción humana la mantenemos acotada a las intenciones y los significados que nosotros les damos dejamos de ver la potencia con la que actúan un martillo, una tetera, la etiqueta de un producto, un teléfono móvil, un parque industrial…
Cualquier asunto que nos propongamos comprender tiene múltiples facetas. La “objetividad de los hechos” depende en buena medida de quien la define y argumenta, del ángulo desde el que se observa y los instrumentos que utiliza para analizarla. Latour, con sus inventos, convoca a desarrollar otras capacidades para afrontar los problemas contemporáneos.
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